Lo profundo y lo superficial.

foto tomada de www.homeinspirationdesign.com

¿Cuántas veces nos preocupamos durante el embarazo de los pequeños detalles superficiales y olvidamos lo que realmente necesitan los bebés? El bebé no pide una habitación perfecta y con la decoración más estupenda. Tampoco pide el carrito más caro ni la ropa más molona, ni los pañales de tela más coloridos…

El bebé al nacer necesita alimento, preferiblemente leche de su madre, mucho contacto físico y cariño. Lo material está muy bien, pero muchas veces, y sobre todo en el contexto del consumismo exacerbado propio del terreno infantil, se prioriza frente a otras cosas que no se pueden consumir ni cuestan dinero.

¿Tan difícil es dejar de lado lo superfluo y entender la simpleza de lo profundo?

Cuando compramos un piso, ¿cuánto dinero nos gastamos? ¿cuántas horas tardamos en elegir uno, en informarnos? Cuando tenemos un hijo, ¿cuánto tiempo dedicamos a informarnos sobre lactancia materna antes de que nazca? ¿cuánto tiempo dedicamos a informarnos sobre el parto, sobre nuestros derechos, sobre las consecuencias de prácticas hospitalarias anticuadas y demás? ¿cuántas veces negamos los brazos a nuestro bebé por no “malcriarlo”, “enmadrarlo” o “enñoñarlo”? ¿cuántas veces no tuvimos la fuerza para luchar por lo que creíamos porque todo lo teníamos en contra? Yo soy la primera que cometí muchos errores y no me avergüenza reconocerlo. Creo que la maternidad y la paternidad nos enseña mucho, aunque sea a posteriori.

También nos enseña humildad: cuando creemos que sabemos algo, de repente, como Sócrates, no sabemos nada. Y los únicos que podemos juzgarnos somos nosotros mismos, cuando miramos a los ojos de nuestros hijos. Ni consejos ni opiniones de otros, ya sean buenos o malos. Solamente nuestro instinto y nuestra conciencia, lo que sentimos que tenemos que hacer y, por otra parte, lo que creemos que es correcto. Muchas veces no coinciden. La mayor parte de las veces sí y es maravilloso.