El reinado de la Danza Africana

Hoy quería incluir un fragmento del libro del genial bailarín Alboury Dabo, en concreto de la parte escrita por mi maestra Sonia Sampayo:

“- Los bebés, en el vientre de su madre, se mecen influenciados por las vibraciones de los ritmos creados en el exterior, ritmos que serán asociados por el niño con un sonido familiar, personal y vital.

La madre lleva a su bebé recién nacido a la espalda, hasta que es capaz de caminar, mientras realiza las tareas del hogar, mientras canta, toca e incluso baila.

– Al crecer, el niño formará parte de una comunidad basada en el movimiento corporal y en el sonido y participará en fiestas y ceremonias donde la danza y la música es un entramado de comunicación social.

– El individuo no es un espectador pasivo, sino un elemento necesario para el desarrollo de la experiencia artística.

– La música es un segundo lenguaje por todos comprendido y absolutamente integrado en la vida cotidiana.

Así, es natural e incluso inevitable que se adquiera el talento de entonar, expresarse y recrear losritmos en estas sociedades, desde edades muy tempranas.

El individuo que habita en las ciudades, presionado por el horario y los hábitos modernos, se ha alejado de la naturaleza y de los ciclos naturales. Ha perdido progresivamente el movimiento espontáneo, ya no participa de ceremonias ni consagra rituales sociales, ya no crea la oportunidad de expresarse libremente en sociedad, a través de su cuerpo.

En este proceso, hay algo más profundo y más tremendo. El “hombre moderno” se ha olvidado de sí mismo. Ha  desconectado la comunicación con su interior, paralizando la expresión natural de su cuerpo, que ahora sólo puede hablar a través del dolor físico. Y, como no hay tiempo para escuchar, este dolor es acallado con medicamentos y con más paralización, es silenciado con mecanismos dictatoriales.

Aquellas personas que comiencen a escuchar su cuerpo, a moverse a través de la danza del tipo que sea y, en particular, a acercarse al ritmo y la danza africana, desarrollará una resintonización interno-externa y el equilibrio y el equilibrio y seguridad inherentes y resultantes de esta sintonización. (Zébila, 1982)”.

Para terminar quería incluir un post de mi otro blog “La Casita de Algodonales”, sobre mis experiencias en clase de Alboury llevándome a mi bebé cuando era más peque: “Cómo me gustaría ir allí pero, ¿podré ir con mi bebé?”.

Cómo me gustaría ir allí pero, ¿podré ir con mi bebé?

Hoy he tenido una buena experiencia. Antes de estar embarazada iba a clases de danza senegalesa con mi amada profesora Sonia Sampayo pero, después, al ser madre, mis horarios disponibles para el baile se redujeron mucho y ahora solamente me he reservado los jueves para seguir con mis clases de danza oriental de alumna y los sábados, que doy clase yo como “profe”.

Hace unas semanas vi un anuncio en el facebook de Alboury Dabo de clases de danza africana (África Occidental, en concreto), y pensé, “¡Cómo me gustaría apuntarme! Los viernes es buen día pero, claro, ¿y mi hijo?”. El papá los viernes a esa hora trabaja, no puedo pedirle a mis suegros que se ocupen de él también ese día, no tengo más familiares cerca y tampoco creo que mis amigos puedan cuidarle durante esas dos horas de clase. Pues bien, aún así me apunté, pensando que las clases, como los niños, vienen con un pan o una solución debajo del brazo. Y así fue.

A las 16h hemos salido de casa, le he llevado en carrito para que se echara la siesta allí por lo menos durante el principio de la clase (he atrasado el momento de la siesta todo lo que he podido), se ha dormido en el metro y hemos llegado con mucho tiempo de antelación al local-de la asociación de Lavapiés donde son las clases.

Cuando ha llegado Alboury le he dicho, “te voy a pagar antes porque vengo con mi hijo y no sé cómo va a resultar el tema. Quizás nos tengamos que ir antes de que termine” y él y la gente de la asociación me han dicho tan panchos que no había ningún problema con llevar a mi hijo. ¡Muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos los límites! No es nada normal que en las clases de danza normales puedas llevar a tu bebé de forma habitual. Quizás un día sí, pero todos los días… Sin embargo, a veces la gente es más tolerante de lo que creemos. Y esta vez ha sido así,

Es cierto que son africanos y quizás tenga algo que ver que, por ejemplo, que en muchos lugares de ese continente los niños sean algo normal e integrado, no una especie exótica en extinción y separada en reservas “naturales”, como aquí. Puedo sonar exagerada pero creo que es así. Aquí los niños no son bienvenidos en el mundo de los adultos y solamente son aceptables en centros “ad hoc”, es decir, en actividades para mamás y bebés, ludotecas, pequetecas, parques o guarderías.

Esto ha hecho que los padres nos convirtamos en un nicho de mercado más de la sociedad de consumo y de ocio, pero esto no satisface las necesidades existenciales de las madres y los padres de vivir una vida integrada, sin separaciones entre las diferentes facetas de la vida. Y, por supuesto, de ser algo más que un monedero, más vacío cada vez, por cierto.

Todo esto me ha hecho reflexionar mucho sobre algo que llevo tiempo rumiando. No me gustaría que mis clases de danza oriental para mamás y bebés fueran un gueto. Me gustaría que vinieran también mujeres sin hijos, jóvenes, niños, abuelas, papás, abuelos… Ya sé que es una danza muy sensual y hay mamás que podrían sentir corte si viene algún papá, pero lo cierto es que yo también soy alumna y en mis clases he tenido compañeros hombres con total naturalidad. No veo problema siempre que se venga aprender desde el respeto. También me gustaría que pudieran venir madres sin sus bebés, si quieren dedicarse ese momento para ellas mismas. Es decir, un lugar abierto al mundo no cerrado exclusivamente al mundo maternal.

Pero vuelvo al tema de la clase de hoy… A las 17h hemos empezado a calentar, después nos hemos puesto a bailar y mi hijo se ha despertado. Se ha quedado como media hora mirando perplejo y medio dormido al profe. Poco a poco ha vuelto en sí y de repente ha dicho “mamá, mamá”. Le he puesto a hacer pis en un momento y le he vuelto a sentar en la silla. Le he dado galletas y agua y se ha quedado tranquilito un buen rato. Después, ya despierto del todo, ha querido bajarse. Y, el marido senegalés de una de las alumnas, estaba ahí y me ha dicho que quería jugar con él. ¡Y en la asociación tenían juguetes! Si es que ha salido redondo… Ahí se han quedado los dos en un sofá jugando hasta que se ha acabado la clase. Yo bailaba y le echaba un ojo. Él a veces se levantaba y atravesaba el lugar donde nosotros estábamos bailando, pero la verdad es que lo hizo pocas veces y nadie se sintió molesto, más bien a todo el mundo le parecía divertido.

Después de la clase me sentía pletórica, por haber podido bailar esta maravillosa danza de nuevo de la mano de un MAESTRO, nutriendo el alma y el cuerpo, por haber podido compartir el momento con mi hijo sin mayor complicación, por haber tenido la suerte de que un hombre simpático jugara con mi hijo y feliz de que él crezca enriquecido por la música, el baile y las experiencias cotidianas de la vida, socializando de verdad, en el mundo real y no en realidades segregadas del mismo. En fin… sé que otros días quizás no sea tan sencillo pero hoy lo ha sido y lo recordaré siempre.