Los claroscuros.

Como ya expresé en un post anterior, no me gustan nada las etiquetas sobre crianza. Si te encorsetas en un molde previo, luego después puede ser difícil salir o reconocer que hay algo que no te hace sentir bien dentro de él. Yo, que no llevo sujetador ni me gustan los corsés más allá de lo teatral, me niego a atarme a una palabra. Sí me gusta el respeto y el amor, y esas palabras me inspiran a la hora de caminar por la senda de la maternidad, la sexualidad, la amistad y la construcción de un mundo mejor.

Sin embargo, a veces es difícil encontrar un equilibrio entre responder a las necesidades de un bebé y las nuestras como madres y padres.

Desde que nació mi hijo, hace 15 meses he pasado por mil tipos de situaciones: placenteras, dolorosas, anodinas, sublimes, rutinarias, divertidas… Como soy positiva y siempre hablo de lo bonito de la maternidad, hoy quiero hablar sin embargo de las piedras en el zapato:

– La soledad, de la que ya hablé en el post “¿Dónde están las mamás?”.

– El sueño interrumpido durante meses.

La primera la verdad es que la tengo más o menos superada y, a pesar de no haber encontrado ese grupo fijo de madres, padres y bebés desenfadados con el que encontrarme, lo llevo bastante bien. Sé que ese deseo de compartir está ahí, pero afortunadamente tengo un grupo de amigos maravilloso con el que siempre puedo contar. Por el camino he conocido a muchas mamás interesantes en cursos y talleres, pero lamentablemente viven todas muy, muy lejos. ¡Maldita gran ciudad!

El segundo es el que me ha da los mayores sinsabores y, en determinadas fases, como en la premenstrual, puedo escupir sapos y culebras y estallar de rabia e impotencia. En esos momentos brotan preguntas: ¿Tuve que insistir más en que cogiera el chupete a pesar de que mi hijo siempre lo rechazó? ¿Tendría que haberme sacado leche y que se la hubiera dado su padre por la noche? ¿En qué momento dejó de dormirse con él y pedir que le atendiera yo por la noche? ¡De pequeño sí que se dormía con él! ¿Por qué si se despierta sólo quiere estar conmigo? ¡Qué injusticia! ¡Qué le atienda su padre! (Le atiende él en mitad de la noche). Llantos. Gritos. ¡Maaaaamaaaamaaaaa! Le doy un poco de teta, cambio de pañal. Frito en 10 minutos. Nos volvemos a dormir hasta la siguiente… A la mañana siguiente el peque está fresco como una lechuga y yo con muuuucho sueño.

Y de repente una noche del tirón 5 o 6 horas. El pecho a rebosar y molesto. ¿Qué habrá pasado hoy para que duerma tanto? No hemos hecho nada diferente a la noche anterior… Misterios de la vida. ¿Y qué pasará esta noche? Otro misterio. Quizás ahora que ha aprendido andar la cosa cambie…

Sé que hay madres que tienen eso que llaman “agitación del amamantamiento”. Quizás he sentido eso en algún momento, pero yo no es que no quisiera dar de mamar, sino que no quería dar de mamar por la noche. Por el día la lactancia me parecía y me parece muy placentera, aunque ahora ya solo mama en la siesta. Por la noche quiero dormir. Ese término tan extraño (¿será una traducción del inglés?) no me termina de convencer. De nuevo es una etiqueta que puede enmascarar otras cosas, sentimientos que si se clasifican son más fáciles de asimilar.

Yo si hubiese dejado de querer dar de mamar, hubiese valorado y quizás hubiera destetado sin problema. Pero es que no quiero destetar, quiero dormir. Y a veces, mi hijo ni siquiera quiere mamar, quiere un vaso de agua y que le duerma en brazos moviéndome. Pero yo me desvelo…

Los despertares nocturos durante los primeros meses no me molestaban, ha sido con el paso del tiempo cuando me han resultado cada vez más molestos. Sin embargo, no sé qué tiene la maternidad que, aunque hayas dormido como si hubieses estado de festival o de juerga durante 10 días, al día siguiente te encuentras muy bien y el cansancio desaparece con un nuevo día.

Por eso, me gusta pensar que la maternidad, la lactancia, el parto, como una amistad o una relación amorosa, no son experiencias unidireccionales. Como cualquier experiencia humana tienen muchos matices. Y no tiene mucho sentido ni idealizarlos (aunque en algunos momentos caminemos en una nube) ni denigrarlos de forma global. Hay muchos tonos intermedios y fases, pero el camino que yo he elegido es el mismo que me gusta para la vida en general, vivir de forma consciente. Esto incluye no negar las emociones que me disgustan o me crean contradicciones.

A veces, un problema no tiene solución y nadie puede ayudarnos, sólo el tiempo lo cura o lo madura. Aún así, no puedo evitar sentir rabia o envidia si mi pareja duerme a pierna suelta mientras se despierta el peque. A veces le cambia él el pañal o le intenta dormir, pero es en vano. Otras veces se despierta y se queda sentado acompañándome, por solidaridad. Pero, ¿tiene algún sentido? Ojo, que no me quejo. Todas las tardes después de su curro se va con el peque a casa de mis suegros, le baña y le da la cena para que yo pueda tener mis momentos creativos para escribir o descansar. Pero las noches… ¡Ay! Las noches…

Así que, este es hoy mi grito de liberación, a lo “Network” (1976, Sidney Lumet): “¡Estoy hasta las tetas de no dormir!”

Y yo misma me contesto después de desahogarme: Ya pasará… Ya encontraremos el camino. Estamos aprendiendo… Siempre…

Porque dormir a un bebé también puede ser un placer…

Os dejo un regalito:

Casi siempre duermo a mi bebé bailando una canción. Así, no me agobio si no se duerme y disfruto yo también, bailando con él y canturreando. ¡Viviendo el momento! Después, quizá se despierte varias veces por la noche, o no. Quizás no sea tan idílico como este video… No importa. ¡Que nos quiten lo bailaó! Un abrazo.

He usado esta canción de Emel Mathlouthi (Kelmti Horra – Mi palabra es libre) con permiso expreso de la autora. Si no la conocéis todavía, es una cantante tunecina maravillosa y combativa.