“Historia de las mujeres en Galicia. Siglos XVI al XIX”

Encontré este libro en la biblioteca de mi trabajo y no me pude resistir a sacarlo. No he hecho una lectura completa, solamente he buscado los temas que a mí más me interesaban. De lo leído me gustaría comentar algunos aspectos:

– Embarazos, partos e hijos:

En este capítulo las autoras, Ofelia Rey Castelao y Serrana Rial García, hablan de la estacionalidad de las concepciones asociadas al trabajo agrícola de cada zona. Esto me ha parecido muy interesante y en relación con los estudios sobre el metabolismo energético del antropólogo Peter Ellison (mencionados en este post y este otro). En total, las gallegas tenían unos 4-5 hijos por matrimonio, muchas de ellas se casaban embarazadas. Esto significa que es en el siglo XX cuando sube la natalidad, ya que en el libro “Ritos de embarazo e parto en Galicia” se afirma que era muy normal encontrar mujeres con 12 hijos. Curiosamente, estos libros se contradicen en el tema de los anticonceptivos, ya que las autoras de “Historias de las mujeres en Galicia” dicen desconocer que se usara ningún tipo de anticonceptivo o abortivos tempranos:

“En torno a un 10% de los matrimonios no llegó a tener descendencia y la fecundidad de las gallegas puede considerarse moderada, en comparación con otros modelos; sin embargo, ambos datos no revelan la existencia de prácticas anticonceptivas, o al menos no se han encontrado menciones en la documentación. (…)

Había claro está un tercer factor, la duración de los intervalos entre partos, que en Galicia eran largos. Las causas tampoco se vinculan a prácticas contraceptivas sino a la emigración temporera, en especial la polianual – como señalaba Martínez de Padín – y a la esterilidad natural provocada por la lactancia; dado que esta se prolongaba durante bastante tiempo y se combinaba en la mayoría de las mujeres con un trabajo duro y una alimentación deficiente, el resultado era este tipo de esterilidad”.

Dicen las autoras, también, que la lactancia materna directa y prolongada era algo generalizado entre todos los estratos sociales, tanto campesinos como urbanos. Incluso las madres de las clases altas daban de mamar a sus hijos y el uso de nodrizas era algo poco habitual. Quizás por eso el intervalo entre nacimientos de los estratos medio altos era de de 22 meses, casi dos años, y en las zonas rurales era de entre 28 y 30 meses.

Sobre los partos, las autoras creo que se dejan llevar por sus propios prejuicios y proyecciones con frases como “es de suponer que el parto sería esperado con temor por las mujeres, sabiendo que lo máximo con que contarían sería la ayuda de una partera y el consuelo de la religión o la magia”, cuando sabemos por el libro de Antonio Pereira Poza que esto no era así e incluso en algún pueblo la parturienta se sumergía en agua caliente, mucho antes de que Michel Odent descubriera la capacidad de este medio para relajar y ayudar en la fase de dilatación.

También se habla del alto número de bebés que nacían fuera del matrimonio, una media del 10%, admitiendo que estaba socialmente aceptado y desestigmatizado. Los estigmas de las “madres solteras” son algo bastante posterior y de ciertos ámbitos sociales, como quizás las clases altas madrileñas en el siglo XIX. Esto también lo comenta Asunción Díez en su libro “La familia campesina del Occidente asturiano”.

– Buscarse la vida:

A las mujeres les correspondía la gestión de la casa y aprendían desde niñas por imitación. El trabajo era en común (cocinar, lavar o coser).  Había variedad en el número de personas que en cada casa ayudaban a las mujeres. Dice textualmente (pg. 99):

En el mundo rural, la extrema precariedad de medios materiales de la mayoría de  las familias campesinas redujo al mínimo su dedicación a las faenas domésticas. La mayoría de las casas era de muy pequeño tamaño y estaban construidas con materiales de baja calidad. Se trataba por lo general de viviendas en las que las zonas convivían con los animales, sin que hubiera divisiones ni zonas delimitadas, sino una amalgama en la que se mezclaban aperos, muebles, ajuar, menaje… de modo que sería impropio hablar de una feminización del ambiente; (…). En realidad, llaman más la atención las ausencias que las presencias: nunca aparecen cunas, no había armarios – muy elitistas – y las camas o los asientos con respaldo eran un bien escaso. En este ambiente de precariedad, que caracteriza a la inmensa mayoría del campesinado, la función doméstica de las mujeres se reducía a la elaboración de la comida, pues no parece que la limpieza las entretuviese demasiado tiempo y la mayoría se dedicaba más a las tareas agrícolas, a la atención del ganado y a mil actividades complementarias que veremos luego.

(…)

Es fácil imaginar la vida de las mujeres nobles o de las hidalgas ricas que vivían en los pazos, ya que el servicio doméstico las supliría en sus teóricas obligaciones y la comodidad que las rodeaba estaba a años luz de la precariedad de sus vecinas.

(…)

A mediados del siglo XVIII, en Santiago, por ejemplo, la vida tenía que ser bastante cómoda para las mujeres de rango noble, cuyas familias eran de pequeño tamaño – 3,8 componentes, pero tenían un amplio servicio doméstico – 3,4 criados-, o para las de la burguesía administrativa y mercantil, que para el mismo tamaño familiar disponían de 1,5 criados, cifras casi idénticas a las de Lugo y de otros núcleos urbanos, pero poco comparables con las referidas a las demás mujeres urbanas, que por lo general no tenían ese tipo de ayuda o la tenían en muy escasa medida.

Creo que esta parte del libro hace que se tambaleen algunos tópicos sobre el trabajo doméstico de las mujeres a lo largo de la historia ya que el rol de ama de casa típico de los años cincuenta del siglo XX es algo muy limitado en el espacio y el tiempo. Si convives con animales de labranza en la misma casa no creo que tus estándares de limpieza sean los mismos que los que tenemos ahora, por tanto, se dedicarían menos horas a esas tareas. Claramente, no eran amas de casa ni tenían que estar agobiadas por frotar y frotar los azulejos o los suelos de casas pequeñas y con pocos muebles. La ausencia de cunas demuestra que los bebés dormían con sus madres y eran amamantados por la noche (ahora lo llaman “colecho”). Pero lo más importante quizás es que el trabajo doméstico o la crianza no recaía en una única persona sino que era compartido entre varias. Creo que realizar una tarea que requiere esfuerzo en aislamiento o hacerlo acompañada marca la diferencia.

La convivencia con animales creo que merece un análisis aparte. Hoy en día se sabe que ese contacto está relacionado con la disminución del número de alergias. O más bien al contrario, la vida sin contacto con animales (y sus microbios) aumenta el riesgo de alergia y asma en los niños. Además, vivir con animales siendo niño te aporta un conocimiento de los ciclos de la vida natural que no tenemos los niños que hemos crecido en la ciudad. En el campo ves a los animales copular, parir, criar, cuidar, alimentar, nacer, morir…

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Fotografía de Dina Goldstein inspirada en una hipotética continuación del cuento de  Blancanieves.

 Relacionado:

Efectos del ejercicio en la salud materna y la lactancia

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Reproduzco algunas citas interesantes de un artículo de Marta Díaz Gómez tomado del libro “Lactancia Materna: guía para profesionales” del Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría:

EJERCICIO FÍSICO

Efectos del ejercicio sobre la salud materna:

El ejercicio físico tiene numerosos efectos beneficiosos en la salud materna: mejor la función cardiovascular, ayuda a perder la grasa acumulada durante el embarazo, mejora la mineralización ósea, aumenta la fuerza y flexibilidad muscular, mejora la sensibilidad a la insulina, aumenta los niveles de HDL-colesterol, estimula el sistema inmunitario y tiene efectos como reducir el estrés y la ansiedad, aumenta la autoestima, al mejorar la imagen corporal y produce sensación de bienestar, por la liberación de endorfinas.

(…)

Recomendaciones sobre la práctica de ejercicio físico durante la lactancia

Todas la mujeres en el postparto deben realizar para fortalecer el suelo pélvico (ejercicios de Arnold Kegel), con el fin de recuperar el tono de la musculatura perineal y prevenir la incontinencia urinaria en edades posteriores de la vida. Estos ejercicios consisten en contracciones de la musculatura perineal durante 5-10 seg, seguido de relajación lenta. Se aconseja repetirlos unas 30 veces al día.

Una vez recuperado el suelo pélvico, es recomendable realizar de forma regular un ejercicio moderado. El ejercicio intenso y el que es practicado de forma esporádica, ofrece peores resultados.

En el puerperio inmediato no se aconseja la natación por el riesgo de endometritis. Durante la lactancia tampoco son recomendables los deportes en los que exista riesgo de traumatismos en la mama. Por lo demás se puede practicar cualquier tipo de ejercicio físico, siguiendo las siguientes recomendaciones:

– Utilizar un sujetador de deporte, firme, preferiblemente de algodón.

– Realizar un calentamiento previo.

– Iniciar el ejercicio de manera suave e ir incrementando su intensidad progresivamente, dependiendo de los hábitos que la madre tuviera antes del embarazo y de las molestias que le produzcan.

– No llegar a tener sensación de fatiga, ya que el ejercicio intenso aumenta los niveles de ácido láctico y podría cambiar el sabor de la leche.

– Aumentar la ingesta de líquidos.

– Al terminar el ejercicio y antes de ofrecer el pecho al niño, debe ducharse o lavarse el pecho.

– Seguir una alimentación variada y equilibrada, adecuando la ingesta calórica al nivel de actividad física. Se recomienda una dieta pobre en grasa y rica en hidratos de carbono complejos, con una baja proporción de azúcares.

– Si la madre desea perder peso puede restringir la ingesta energética después del primer mes postparto, pero cuidando de que la dieta aporte como mínimo 1.800 kcal/día, para queno se afecte la producción de leche.

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Lactancia y esperanza en la literatura: “Las uvas de la ira”.

Caridad romana, de Rubens

Caridad romana, de Rubens

Confieso que no he leído “Las uvas de la ira” de John Steinbeck aunque sí vi hace años la adaptación al cine que hizo Ford. Tanto la novela como la película están ambientadas en las funestas consecuencias de la famosa crisis del 29 en EEUU, pero en el cine se obvió y censuró el último de los pasajes que reproduzco a continuación y que conocí gracias al libro “Maternalias” de Cira Crespo, ya que supongo que pensaron que era demasiado rompedor para la mentalidad hollywoodiense. Y estoy segura de que no sólo lo es por lo explícito de todo el tabú que rodea la lactancia y el pecho femenino sino por el gran mensaje humano y solidario que desprende, todavía mucho más subversivo que una teta de mujer.

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La película se queda en un final individualista, mucho más tolerable para el Poder, con un monólogo que reivindica la dignidad de los desahuciados del sistema, pero que queda en papel mojado si no hay acciones heroicas que trasciendan a las palabras, pequeñas grandes acciones como la que describe el libro.

Pero antes, para contextualizar, hace falta leer otros pasajes del libro. Aviso que puede que os moleste este post porque voy a desvelar el final de la obra de Steinbeck. ¡Quedáis avisados! Los títulos y las negrítas son mías, no del libro. Advierto que se tocan temas muy duros y pueden herir sensibilidades.

EL PARTO DE ROSE SHARON:

“Del colchón donde yacía Rose of Sharon tapada hasta arriba surgió un grito
agudo y rápido cortado a medio camino. Madre se volvió como un torbellino y fue
hacia ella. Rose of Sharon contenía la respiración y sus ojos estaban llenos de
terror.
—¿Qué pasa? —gritó Madre. La muchacha dejó escapar el aliento y lo volvió
a contener. De pronto Madre puso la mano bajo las mantas. Entonces se levantó.
—Señora Wainwright —llamó—. ¡Señora Wainwright!
La mujercita gorda atravesó el furgón.
—¿Quería algo?
—Mire —Madre señaló al rostro de Rose of Sharon. Se mordía el labio
inferior con los dientes y su frente estaba húmeda de transpiración, y sus ojos
reflejaban el terror y brillaban.
—Creo que ha llegado el momento —dijo Madre—. Viene antes de tiempo.
La joven exhaló un largo suspiro y se relajó. Dejó escapar el labio y cerró
los ojos. La señora Wainwright se inclinó sobre ella.
—¿Te agarro por todas partes… rápidamente? Abre la boca y contéstame —
Rose of Sharon asintió débilmente. La señora Wainwright se volvió hacia Madre—
. Sí —dijo—. Ha llegado el momento. ¿Dice que viene adelantado?
—Quizá lo haya provocado la fiebre.
—Bueno, debería estar de pie. Debería andar por aquí.
—No puede —rebatió Madre—. No tiene fuerzas.
—Pues es lo que debe hacer —la señora Wainwright se volvió silenciosa y
severa con la eficiencia—. He ayudado en muchos partos —dijo—. Venga, vamos
a cerrar casi del todo esa puerta. Que no haya corriente —las dos mujeres
empujaron la pesada puerta corredera hasta que sólo quedó unos treinta
centímetros de abertura.
—Traeré también nuestra lámpara —dijo la señora Wainwright. Su rostro
estaba rojo de excitación—. ¡Aggie! —llamó—. Tú cuídate de estos pequeños.
Madre asintió:
—Eso es. ¡Ruthie!, tú y Winfield iros al otro lado con Aggie. Venga.
—¿Por qué? —quisieron saber.
—Porque tenéis que iros. Rosasharn va a tener un bebé.
—Quiero mirar, Madre. Por favor, déjame.
—¡Ruthie! Vete ahora mismo —no hubo argumentos ante aquel tono de voz.
Ruthie y Winfield se fueron reacios a la otra parte. Madre encendió la lámpara.
La señora Wainwright trajo su lámpara y la dejó en el suelo, y su alta llama
circular iluminó el furgón brillantemente.
Ruthie y Winfield se quedaron detrás del montón de leña y curiosearon.
—Va a tener un niño y vamos a verlo —dijo Ruthie quedamente—. No hagas
ningún ruido. Madre no nos dejaría mirar. Si mira para acá escóndete detrás de
la leña. Entonces lo veremos.
—No hay muchos niños que lo hayan visto —dijo Winfield.
—No hay ninguno —insistió Ruthie, muy orgullosa—. Sólo nosotros.
Cerca del colchón, a la luz brillante de la lámpara, Madre y la señora
Wainwright parlamentaron. Sus voces se elevaban un poco sobre el golpeteo
sordo de la lluvia. La señora Wainwright cogió un cuchillo de pelar del bolsillo de
su delantal y lo deslizó bajo el colchón. —Quizá no sirva para nada —se
disculpó—. En nuestra familia siempre se ha hecho. En cualquier caso, no hace
daño.
Madre asintió.
—Nosotros usábamos una punta del arado. Supongo que cualquier cosa
afilada servirá para cortar los dolores de parto. Espero que no sea muy largo.
—¿Te encuentras bien ahora?
Rose of Sharon asintió nerviosamente.
—¿Viene ya?
—Claro —dijo Madre—. Vas a tener un niño precioso. Sólo tienes que
ayudarnos. ¿Crees que podrías levantarte y caminar?
—Puedo intentarlo.
—Eso es una buena chica —dijo la señora Wainwright—. Buena chica. Te
ayudaremos, cariño. Vamos a caminar contigo —la ayudaron a levantarse y le
echaron una manta sobre los hombros. Entonces Madre la sujetó de un brazo y
la señora Wainwnght del otro. Caminaron hasta el montón de leña y dieron
media vuelta despacio y volvieron al extremo del furgón, una y otra vez; y la
lluvia tamborileó monótona en el tejado.
Ruthie y Winfield miraron con ansiedad.
—¿Cuándo lo va a tener? —exigió Winfield.
—Sh, que no te oigan. No nos dejarán mirar.
Aggie se unió a ellos detrás del montón de leña. El rostro delgado de Aggie
y su pelo amarillo brillaban a la luz de la lámpara y la nariz se veía larga y afilada
en la sombra de su cabeza en la pared.
Ruthie susurró:
—¿Has visto nacer un niño alguna vez?
—Claro —respondió Aggie.
—Bueno, y ¿cuándo lo va a tener?
—Aún falta mucho.
—Pero ¿cuánto tiempo?
—Puede que hasta mañana por la mañana no lo tenga.
—¡Anda! —dijo Ruthie—. Entonces mirar ahora no sirve. ¡Oh, mira!
Las mujeres habían detenido su caminar. Rose of Sharon se había puesto
rígida y gemía de dolor. La acostaron en el colchón y le secaron la frente
mientras ella gruñía y apretaba los puños. Y Madre le habló quedamente.
—Tranquila —dijo—. Va a ir bien…, muy bien. Agárrate las manos y
muérdete el labio. Así, bien…, así—el dolor pasó. La dejaron descansar un poco y
luego la volvieron a ayudar a levantarse y las tres caminaron arriba y abajo entre
los dolores.
Padre asomó la cabeza por la estrecha abertura. Su sombrero goteaba
agua.
—¿Para qué habéis cerrado la puerta? —preguntó. Y entonces vio a las
mujeres que caminaban.
Madre dijo:
—Ha llegado el momento.
—Entonces…, entonces no podríamos irnos aunque quisiéramos.
—No.
—Entonces hay que levantar un terraplén.
—Tenéis que hacerlo.
Padre chapoteó entre el barro y se encaminó hacia el arroyo. Su palo estaba
diez centímetros más abajo. Había veinte hombres parados bajo la lluvia. Padre
gritó:
—Tenemos que levantarlo. Mi hija tiene los dolores —los hombres se
reunieron a su alrededor.
—¿De parto?
—Sí. Ahora ya no nos podemos ir.
Un hombre alto dijo:
—No es nuestro niño. Nosotros podemos irnos.
—Claro que sí—dijo Padre—. Pueden irse. Váyanse, nadie se lo impide. Sólo
hay dos palas —fue a la parte más baja del arroyo y hundió la pala en el barro.”

(…)

Las mujeres llenaron las cafeteras y las sacaron de nuevo. Y conforme
avanzaba la noche, los hombres se movían más y más despacio y levantaban los
pesados pies como los caballos de tiro, más barro en el dique, más sauces
entrelazados. La lluvia caía monótona. Cuando la linterna iluminaba los rostros,
se veían los ojos mirando con fijeza y los músculos de las mejillas sobresalían
como verdugones.
Durante mucho rato siguieron los gritos del furgón y finalmente se
apagaron.
Padre dijo:
—Madre me llamaría si hubiera nacido —continuó trabajando torvamente.”

(…)

NOTA: ¿Qué es eso de parar los dolores del parto con algo afilado? ¿Alguien sabe a qué se refieren? ¿Están hablando de una episiotomía? Uff…

EL NACIMIENTO DE UN BEBÉ MUERTO… ¿Quizás por desnutrición?

Padre trepó la pasarela cautelosamente y se deslizó por la pequeña
abertura. Las dos lámparas daban una luz baja. Madre estaba sentada en el
colchón al lado de Rose of Sharon y le abanicaba el rostro inmóvil con un trozo
de cartón. La señora Wainwright metió leña seca en la cocina y un humo
malsano salió por las tapaderas y llenó el coche del olor a tela quemada. Madre
levantó la vista hacia Padre cuando entró y luego la bajó rápidamente de nuevo.
—¿Cómo está? —preguntó Padre.
Madre no volvió a levantar la mirada.
—Creo que bien. Está durmiendo.
El aire estaba fétido y olía a cerrado, a olor de parto. El tío John trepó y se
sujetó derecho al lado del furgón. La señora Wainwright dejó su trabajo y fue
hacia Padre. Le tomó del codo y le condujo a un rincón del furgón. Cogió un farol
y lo mantuvo encima de una caja de manzanas que había en el rincón. Sobre un
periódico yacía una pequeña momia, azul y consumida.
—No llegó a respirar —dijo la señora Wainwright suavemente—. Nunca
estuvo vivo.
El tío John se volvió y se dirigió al extremo oscuro del furgón arrastrando los
pies. La lluvia silbaba sobre el tejado quedamente, tan quedamente que podían
oír el llanto cansado del tío John desde la oscuridad.”

ESPERANZA…

“Winfield dijo:
—¡Madre! —y la lluvia, rugiendo en el tejado, ahogó su voz—. ¡Madre!
—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?
—¡Mira! En el rincón.
Madre miró. Había dos figuras en la penumbra; un hombre tumbado de
espaldas y un niño sentado junto a él, con los ojos muy abiertos, mirando con
fijeza a los recién llegados. Mientras miraba, el niño se puso lentamente de pie y
se acercó a ellos. Su voz se rompió.
—¿Son los propietarios de esto?
—No —dijo Madre—. Sólo hemos venido a refugiarnos de la lluvia. Tenemos
una muchacha enferma. ¿Tienes una manta que pudiéramos usar para quitarle la
ropa mojada?
El niño volvió al rincón y trajo un sucio edredón que tendió a Madre.
—Gracias —dijo ella-—. ¿Qué le pasa a ese hombre?
El niño hablaba con un graznido monótono.
—Primero estuvo enfermo, pero ahora se está muriendo de hambre.
—¿Qué?
—Muñéndose de hambre. Se puso enfermo en el algodón. Lleva seis días sin
comer.
Madre fue al rincón y miró al hombre. Tenía alrededor de cincuenta años, su
rostro estaba chupado y los ojos eran vagos y de expresión fija. El niño se llegó a
su lado.
—¿Es tu padre? —preguntó Madre.
—¡Sí! Dice que no tiene hambre o que acaba de comer y me da la comida.
Ahora está demasiado débil. Apenas se puede mover.
El golpeteo de la lluvia decreció hasta no ser más que un silbido
tranquilizador en el tejado. El hombre consumido movió los labios. Madre se
arrodilló a su lado y acercó la oreja. Sus labios se volvieron a mover.
—Claro —dijo Madre—. Estése tranquilo. Él está bien. Espere que le quite la
ropa mojada a mi hija.
Madre se volvió hacia Rose of Sharon.
—Quítate la ropa —dijo. Utilizó el edredón como una pantalla para que no la
vieran. Y cuando estuvo desnuda, Madre la tapó con el edredón. El niño estaba
otra vez a su lado explicándole:
—Yo no lo sabía. Decía que había comido o que no tenía hambre. Anoche fui
y rompí una ventana y robé un poco de pan. Le hice tragárselo. Pero lo vomitó
todo y se quedó más débil todavía. Tiene que comer sopa o leche. ¿Tienen
ustedes dinero para comprar leche?
Madre dijo:
—Calla. No te preocupes. Ya pensaremos algo.
De pronto el niño gritó:
—¡Se está muriendo, se lo digo yo! Se está muriendo de hambre, se lo digo
yo.
—Calla —dijo Madre. Miró a Padre y al tío John que miraban al hombre
enfermo sin saber qué hacer. Miró a Rose of Sharon envuelta en el edredón. Los
ojos de Madre fueron más allá de los de Rose of Sharon y luego volvieron a ellos.
Y las dos mujeres se miraron profundamente la una a la otra. La respiración de la
muchacha era entrecortada.
Ella dijo:
—Sí.
Madre sonrió.
—Sabía que lo harías. ¡Lo sabía! —miró sus manos, entrelazadas en su
regazo.
Rose of Sharon susurró:
—¿Podéis…, podéis saliros todos? la lluvia caía lentamente en el tejado.
Madre se inclinó hacia adelante y con la palma de la mano retiró de la frente
de su hija el pelo en desorden y la besó en la frente. Madre se enderezó con
presteza.
—Venga, vamos todos —llamó—. Vamos a salir al cobertizo de las
herramientas.
Ruthie abrió la boca para hablar.
—Calla —dijo Madre—. Calla y ve —los hizo salir y llevó al niño consigo;
cerró la puerta chirriante tras de sí.
Durante un minuto Rose of Sharon se quedó sentada inmóvil en el granero
susurrante.
Luego levantó su cuerpo y se ciñó el edredón. Caminó despacio hacia el
rincón y contempló el rostro gastado y los ojos, abiertos y asustados. Entonces,
lentamente, se acostó a su lado. Él meneó la cabeza con lentitud a un lado y a
otro. Rose of Sharon aflojó un lado de la manta y descubrió el pecho.
—Tienes que hacerlo —dijo. Se acercó más a él y atrajo la cabeza hacia sí—.
Toma —dijo—. Así —su mano le sujetó la cabeza por detrás. Sus dedos se
movieron con delicadeza entre el pelo del hombre. Ella levantó la vista y miró a
través del granero, y sus labios se juntaron y dibujaron una sonrisa misteriosa.”

Nunca había leído un pasaje tan bello de lactancia y solidaridad, en la que una mujer que ha parido a un niño sin vida termina amamantando a un hombre adulto, que no es de su familia, al borde de la muerte. Pero, ¿realmente no es de su familia? ¿O es que acaso no formamos todos parte de una gran familia extensa, la humanidad, aunque lo olvidemos una y otra vez?

Termino con este fragmento tan bello, una interpretación de la mística de este pasaje de la mano de Harriet Quint, Profesora Investigadora del Dpto. de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, México.

“Así es como termina la novela. Esta última escena, que quizás parezca una representación grotesca de la tan querida imagen frecuentemente representada en el arte cristiano “la Madre de Dios lactante”, Maria lactans, está sobrecargado de símbolos. El personaje femenino que a lo largo de la novela es nombrado Rosasharn aquí lleva su nombre completo Rose of Sharon. Según la anotación de María Coy, la traductora de la novela de Steinbeck, se evitó la traducción del nombre que se relaciona con el “Cantar de los Cantares”. En el poema bíblico la esposa de Salomón dice en el canto 2, 1: “Yo soy el narciso de Sarón, un lirio de los valles”. Esta correspondencia con el poema más bello de amor de la Biblia, que muchos exegetas relacionan alegóricamente con el amor de Dios hacia el pueblo de Israel, más no por eso deja de tener cierto aire profano, tiene una significación relevante. Este narciso de Sarón que nace de la tierra, que alimenta y nutre tanto física como espiritualmente, simboliza el lado femenino de la unidad cósmica. Rose of Sharon ya no es la madre que parió un hijo muerto, es la madre de la humanidad que alimenta, no al hijo pródigo de Dios, sino a un simple campesino al borde de la muerte por desnutrición.

De este modo los elementos desperdigados del amor por la tierra y por la familia se reúnen y forman un concepto universal. El microcosmos se expande y se convierte en macrocosmos. El amor de ser individual, relacionado con el resquebrajamiento de una familia adquiere dimensiones cósmicas que atañen a toda la humanidad.”

El libro lo he descargado en pdf aquí.

Y aquí se ve el final de la película, nada que ver con el de la novela:

Uvas de la Ira (4 de 4) from Piaractus on Vimeo.

Gracias al libro de Cira conocí la Caridad Romana, la historia de Cimón y Pero, un hombre encarcelado que fue alimentado por su hija, que le amamantó para salvarle.

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Caridad Romana, de Lorenzo Pasinelli.