El día en que una amiga consumió prostitución

El día en que mi amiga consumió prostitución no era consciente de estarlo haciendo. Le pagó por “amor”, le compró una camiseta bonita, le mandó dinero a miles de kilómetros, a ese país lejano donde todavía había vida y las personas se comportaban de una forma mucho más fresca que aquí, un lugar donde todavía no habían llegado los represivos dogmas sexuales en boga. Allí parecía que tener relaciones sexuales con casi cualquier hombre que se quisiera podría ser fácil. Ella era de aquí, ellos de allí. Pero, aún mejor, con él podía sentirse deseada, querida, divina, endiosada, amada con pasión. Y esta ilusión parecía no tener precio. Quizás alguna promesa vana de volver a verse, quizás su historia romántica de todo a cien y exprés podría extenderse en el tiempo. Vendría a Europa a trinfar. Le presentaría a sus padres. Por teléfono le contó que los de él ya habían aprobado su “relación” de 2 días. Tenían todo un futuro por delante.

En realidad todo esto no podría haber ocurrido si no se hubieran dado algunas circunstancias especiales de su momento vital, tanto en su ciudad, como en su entorno afectivo y familiar. Pero sucedió. Hizo lo que jamás imaginó que podía hacer a su regreso: una transferencia de unos 120 euros, creía recordar, aunque trataba de olvidar la cifra exacta. Un dinero virtual que voló a través de cables de fibra óptica bajo el mar. Le vendría muy bien para su viaje, su formación, su futuro, lo que fuera… Daba igual. En realidad, ella lo hacía por él, no por ella misma. De esta forma quedaba claro que no había pagado por sexo. La realidad era bien diferente. Esa transferencia era un acto casi colonial, imperialista. Un acto de poder. Ella era tan buena. Buenísima. Estaba colaborando, casi se podría decir, con una especie de ONG sin nombre, la organización no gubernamental de la prostitución emocional que vende sueños e ilusiones vanas…

Sí, mi amiga consumió en cierta forma prostitución masculina, y lo de menos fue lo que ocurrió físicamente entre ellos. La cuestión estaba en sus carencias y anhelos. Por un momento parecieron calmarse en una proyección de futuro imaginada y distorsionada. Fue por eso por lo que pagó a distancia, por haber logrado que sintiera lo que deseaba sentir, aunque fuera todo de cartón piedra. Ya sabía que no se volverían a ver pero era una forma de “agradecer” lo vivido sin pensar en lo poco ético del asunto.

Puede decirse que una ilusión paga otra ilusión. La virtualidad del dinero que viaja de un país a otro por caminos desconocidos e ininteligibles ayudaba a pagar el viaje que cumpliría el sueño europeo que muchos hombres con talento de aquel país parecían buscar, sueño tan de mentira como todo lo demás. A su vez, ese dinero era ganado por mi amiga por hacer un trabajo con poco sentido. En este flujo de datos, dinero, sentimientos, sueños, mercantilización se triangulaban y perdían todas las esperanzas.

Por supuesto, todo esto le pasó a una amiga mía que me lo contó, eso a mí no podría pasarme…