“Historia de las mujeres en Galicia. Siglos XVI al XIX”

Encontré este libro en la biblioteca de mi trabajo y no me pude resistir a sacarlo. No he hecho una lectura completa, solamente he buscado los temas que a mí más me interesaban. De lo leído me gustaría comentar algunos aspectos:

– Embarazos, partos e hijos:

En este capítulo las autoras, Ofelia Rey Castelao y Serrana Rial García, hablan de la estacionalidad de las concepciones asociadas al trabajo agrícola de cada zona. Esto me ha parecido muy interesante y en relación con los estudios sobre el metabolismo energético del antropólogo Peter Ellison (mencionados en este post y este otro). En total, las gallegas tenían unos 4-5 hijos por matrimonio, muchas de ellas se casaban embarazadas. Esto significa que es en el siglo XX cuando sube la natalidad, ya que en el libro “Ritos de embarazo e parto en Galicia” se afirma que era muy normal encontrar mujeres con 12 hijos. Curiosamente, estos libros se contradicen en el tema de los anticonceptivos, ya que las autoras de “Historias de las mujeres en Galicia” dicen desconocer que se usara ningún tipo de anticonceptivo o abortivos tempranos:

“En torno a un 10% de los matrimonios no llegó a tener descendencia y la fecundidad de las gallegas puede considerarse moderada, en comparación con otros modelos; sin embargo, ambos datos no revelan la existencia de prácticas anticonceptivas, o al menos no se han encontrado menciones en la documentación. (…)

Había claro está un tercer factor, la duración de los intervalos entre partos, que en Galicia eran largos. Las causas tampoco se vinculan a prácticas contraceptivas sino a la emigración temporera, en especial la polianual – como señalaba Martínez de Padín – y a la esterilidad natural provocada por la lactancia; dado que esta se prolongaba durante bastante tiempo y se combinaba en la mayoría de las mujeres con un trabajo duro y una alimentación deficiente, el resultado era este tipo de esterilidad”.

Dicen las autoras, también, que la lactancia materna directa y prolongada era algo generalizado entre todos los estratos sociales, tanto campesinos como urbanos. Incluso las madres de las clases altas daban de mamar a sus hijos y el uso de nodrizas era algo poco habitual. Quizás por eso el intervalo entre nacimientos de los estratos medio altos era de de 22 meses, casi dos años, y en las zonas rurales era de entre 28 y 30 meses.

Sobre los partos, las autoras creo que se dejan llevar por sus propios prejuicios y proyecciones con frases como “es de suponer que el parto sería esperado con temor por las mujeres, sabiendo que lo máximo con que contarían sería la ayuda de una partera y el consuelo de la religión o la magia”, cuando sabemos por el libro de Antonio Pereira Poza que esto no era así e incluso en algún pueblo la parturienta se sumergía en agua caliente, mucho antes de que Michel Odent descubriera la capacidad de este medio para relajar y ayudar en la fase de dilatación.

También se habla del alto número de bebés que nacían fuera del matrimonio, una media del 10%, admitiendo que estaba socialmente aceptado y desestigmatizado. Los estigmas de las “madres solteras” son algo bastante posterior y de ciertos ámbitos sociales, como quizás las clases altas madrileñas en el siglo XIX. Esto también lo comenta Asunción Díez en su libro “La familia campesina del Occidente asturiano”.

– Buscarse la vida:

A las mujeres les correspondía la gestión de la casa y aprendían desde niñas por imitación. El trabajo era en común (cocinar, lavar o coser).  Había variedad en el número de personas que en cada casa ayudaban a las mujeres. Dice textualmente (pg. 99):

En el mundo rural, la extrema precariedad de medios materiales de la mayoría de  las familias campesinas redujo al mínimo su dedicación a las faenas domésticas. La mayoría de las casas era de muy pequeño tamaño y estaban construidas con materiales de baja calidad. Se trataba por lo general de viviendas en las que las zonas convivían con los animales, sin que hubiera divisiones ni zonas delimitadas, sino una amalgama en la que se mezclaban aperos, muebles, ajuar, menaje… de modo que sería impropio hablar de una feminización del ambiente; (…). En realidad, llaman más la atención las ausencias que las presencias: nunca aparecen cunas, no había armarios – muy elitistas – y las camas o los asientos con respaldo eran un bien escaso. En este ambiente de precariedad, que caracteriza a la inmensa mayoría del campesinado, la función doméstica de las mujeres se reducía a la elaboración de la comida, pues no parece que la limpieza las entretuviese demasiado tiempo y la mayoría se dedicaba más a las tareas agrícolas, a la atención del ganado y a mil actividades complementarias que veremos luego.

(…)

Es fácil imaginar la vida de las mujeres nobles o de las hidalgas ricas que vivían en los pazos, ya que el servicio doméstico las supliría en sus teóricas obligaciones y la comodidad que las rodeaba estaba a años luz de la precariedad de sus vecinas.

(…)

A mediados del siglo XVIII, en Santiago, por ejemplo, la vida tenía que ser bastante cómoda para las mujeres de rango noble, cuyas familias eran de pequeño tamaño – 3,8 componentes, pero tenían un amplio servicio doméstico – 3,4 criados-, o para las de la burguesía administrativa y mercantil, que para el mismo tamaño familiar disponían de 1,5 criados, cifras casi idénticas a las de Lugo y de otros núcleos urbanos, pero poco comparables con las referidas a las demás mujeres urbanas, que por lo general no tenían ese tipo de ayuda o la tenían en muy escasa medida.

Creo que esta parte del libro hace que se tambaleen algunos tópicos sobre el trabajo doméstico de las mujeres a lo largo de la historia ya que el rol de ama de casa típico de los años cincuenta del siglo XX es algo muy limitado en el espacio y el tiempo. Si convives con animales de labranza en la misma casa no creo que tus estándares de limpieza sean los mismos que los que tenemos ahora, por tanto, se dedicarían menos horas a esas tareas. Claramente, no eran amas de casa ni tenían que estar agobiadas por frotar y frotar los azulejos o los suelos de casas pequeñas y con pocos muebles. La ausencia de cunas demuestra que los bebés dormían con sus madres y eran amamantados por la noche (ahora lo llaman “colecho”). Pero lo más importante quizás es que el trabajo doméstico o la crianza no recaía en una única persona sino que era compartido entre varias. Creo que realizar una tarea que requiere esfuerzo en aislamiento o hacerlo acompañada marca la diferencia.

La convivencia con animales creo que merece un análisis aparte. Hoy en día se sabe que ese contacto está relacionado con la disminución del número de alergias. O más bien al contrario, la vida sin contacto con animales (y sus microbios) aumenta el riesgo de alergia y asma en los niños. Además, vivir con animales siendo niño te aporta un conocimiento de los ciclos de la vida natural que no tenemos los niños que hemos crecido en la ciudad. En el campo ves a los animales copular, parir, criar, cuidar, alimentar, nacer, morir…

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Fotografía de Dina Goldstein inspirada en una hipotética continuación del cuento de  Blancanieves.

 Relacionado:

Alice y Martin Miller

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Soledad, aislamiento, rotura de vínculos intergeneracionales y horizontales.

Emigración, persecución y La Gran Guerra.

Falta de maternaje durante el parto y puerperio por parte de la abuela, hermanas, tías, amigas y la comunidad.

Miedo al parto y falta de apoyos en la lactancia.

(Y se me olvidaba, porque está implícito y no menos importante: la violencia obstétrico-pediátrica).

Malos comienzos…

Esto es todo lo que me evoca este pequeño fragmento de “El auténtico «drama del niño dotado»” de Martin Miller, en el que habla de la relación que tuvo con su madre, la gran investigadora de la infancia polaca Alice Miller. Así le contó su madre cómo fue su nacimiento en 1950, cuando ella y su marido estaban en plena redaccion de su tesis doctoral en Suiza:

“Cuando llegó el momento y comenzaron las contracciones, me fui al Hospital Cantonal de Zúrich. Tenía mucho miedo al parto. En el paritorio me dio un ataque de pánico y regresaron todos mis antiguos miedos. Me sentí totalmente indefensa y, en ese momento, se pararon de repente las contracciones. Pasarían tres días hasta que pude realizar un nuevo intento de traerte a este mundo. Durante esos días, paseé por la zona de Zürichberg (un área residencial de la ciudad de Zúrich), atormentada por un enorme sentimiento de culpa y por mi miedo de haber fracasado como madre. Me sentía sola ante mi destino. Nadie me apoyaba, ni siquiera tu padre. Por fin, las contracciones comenzaron de nuevo y naciste sano. Esta vez el parto transcurrió sin dificultades, pero, apenas habías llegado al mundo, comenzaron las primeras complicaciones: me sentía desbordada contigo, un niño desvalido, y tú tampoco me lo ponías fácil. Te negaste desde el primer momento a engancharte a mi pecho. Eso me entristecía mucho. Me sentía decepcionada, porque mi hijo me rechazaba a mí y al amor de madre que quería darle. Decidí extraerme leche que tú bebías en pequeñas dosis”.

Es raro el autor que se atreve a hablar sobre la relación con su madre, mucho menos cuando todavía está viva. Pareciera como si hubiera que respetar el silencio hasta su muerte, para proteger su memoria o no dañarla mientras pudiera sufrir o, peor aún, dar su propia versión de los hechos. Pero, por otro lado, una vez muerta ya no puede defenderse de las acusaciones del hijo. Martin Miller, hijo de Alice Miller, la famosa investigadora de la infancia y escritora, no es una excepción a esta regla no escrita. Sin embargo, él sí reivindica la verdad y valía de la obra de su madre que él mismo aplica con filtros y aportes propios en su práctica como psicólogo.

La biografía del hijo

Estamos ante un libro lleno de aristas y matices. No es fácil escribir sobre él, supongo que porque nos interpela y provoca preguntas en nosotros mismos sobre nuestras biografías y las de nuestras madres, padres, ancestros. Creo que lo más aconsejable es ceñirnos a los hechos, en primer lugar, empezando por lo que Martin recuerda de su infancia:

  • Martin Miller nace en 1950. Su madre le cuenta que tuvieron que dejarle con “una conocida”. La explicación a posteriori fue: “Como tu padre y yo estábamos ocupados con la tesis y apenas había espacio en la casa para criar a un niño al mismo tiempo, tuvimos que dejarte con ella”.
  • Lactancia materna. ¿Por qué decía Alice Miller que su hijo no quería tomar leche materna? Según Martin, esa experiencia marcaría el resto de su relación porque ese patrón siguió reproduciéndose con otros temas. En la interpretación del hijo, sin embargo, me parece que hay una contradicción. Él afirma que su madre no soportaba que él tomara sus propias decisiones, como rechazar su pecho, pero que a la vez no soportaba las necesidades de simbiosis de un bebé con su madre. Es probable que, como otros tantos bebés y mamás, los comienzos de su lactancia fueran difíciles y duros por el entorno en el que se encontraban. ¿Qué hubiese pasado si hubiera aparecido un ángel de la lactancia, una mujer con experiencia que con cariño le hubiera observado una toma y le hubiera dado algún truquillo para mejorar el agarre? No sabemos qué ocurrió esos primeros días pero ese puerperio suena muy duro y conflictivo, como tantos y tantos otros hoy en día, donde nacemos en ambientes totalmente antilactancia (incluso aunque el discurso sea prolactancia). La realidad es que, a pesar de que ella lo viviera así, su hijo no la rechazaba a ella como madre. Su hijo, como todos los bebés al nacer, quieren estar con su madre.
  • Martin relata que esta “conocida” le trató mal durante las dos semanas que estuvo con ella hasta que llegó su tía Ala a salvarle. Hubo muchos llantos, gritos y casi la muerte. ¿Qué se le pasaba por la cabeza a Alice Miller para desvincularse de su hijo de esta forma? ¿De dónde partía esa desconexión y esa falta de empatía? ¿Quizás era una forma de sublimar la frustración y no sufrir? ¿Una huida? Martin apunta varias hipótesis a lo largo del libro.
  • Después de este segundo mal comienzo Martin viviría en casa de su tía, su auténtica salvadora, y su familia durante su primer año de vida. Sus padres eran extraños para él.
  • En 1956 nace su hermana Julika con síndrome de Down. Según Martin, esto supuso otra crisis de pareja. Como “solución” les dan en acogida a los dos. Martin estaría fuera desde los 6 a los 8 años en un “hogar para niños”. Un tercer “mal comienzo” y más distancia y frialdad.
  • A los 8 años vuelve a casa y de nuevo se siente extraño en su propia casa. Sus personas de referencia serían “miembros del servicio, doncellas y niñeras” y encima siempre cambiantes, según él, porque su madre no soportaba que él se apegara más a ellas que a su propia mamá. Es decir, Alice Miller se comportaba como el perro del hortelano, que ni se vincula a su hijo ni deja que se vincule con otras.
  • Su padre era encantador y violento en momentos diferentes e imprevisibles. Le pegaba cuando ella no estaba y, según él, su madre era cómplice porque lo permitía y, además, estaba todo el día ausente en su mundo del psicoanálisis. “Yo no tenía la sensación de que a mis padres les interesara lo que me sucedía”, afirma. Llama la atención que, a pesar de que el violento era el padre, Martin Miller haya escrito un libro sobre su relación con su madre. Es como si la relación materno-filial fuera muchísimo más visceral e imprescindible que la otra. Le dolía más la distancia y desvinculación de su madre que los golpes y la actitud del padre.
  • Con 17 años pidió él mismo irse a un internado católico con mucha disciplina. Paradójicamente, se sentía allí mejor que en casa.

El libro continúa con las peripecias de su relación a lo largo de los años, en especial marcados por los intentos de control de la madre sobre el hijo y los enfados cuando él elegía su propio camino vital. Fue una relación con idas y venidas, con distanciamientos y acercamientos durante muchos años, hasta el suicidio o muerte programada de Alice Miller el 14 de abril de 2010.

La biografía de la madre vista por el hijo: Alicija Englard

Martin Miller, como hijo, ha reconstruído a través de su propia investigación y se ha explicado a sí mismo con este libro lo que él cree que le pasaba a su madre, a las diferentes Alicias que vivían en ella en cada momento de su vida. Es un viaje a través de la construcción de la identidad y la biografía entremezclada con la época histórica que les tocó vivir.

La primera Alicia es Alicija Englard, su primer nombre, el apellido de su padre y su nombre polaco. Nació en una gran familia extensa judía en Piotrków, un pueblo de Polonia, en la que convivían tres generaciones bajo el mismo techo llenos de lujos para la época. El patriarca, el abuelo, Abraham Dov Englard, tenía una tienda de “artículos para el hogar” que iba muy bien, el equivalente quizás de lo que ahora llamamos “un chino”. En la generación de los hijos, cada uno de ellos tomó caminos diferentes en cuanto a nivel de religiosidad y liberalidad. El padre de Alicija se llamaba Meylech y fue el que siguió el camino marcado por su padre, también en cuanto a religiosidad.

El patriarcado no era una pantomima teórica en esa casa, se hacía carne en cosas tan concretas como que Meylech no pudiera elegir a su esposa y fuera elegida por el abuelo Abraham, a pesar de que él estaba enamorado de otra mujer. Frustración. El patriarcado genera muchas frustraciones y sufrimientos, que se encarnan también en la crianza y en el vínculo con los hijos, a lo largo de las generaciones. El abuelo eligió a Gutta, la mamá de Alice Miller. Como le dijo una de las primas a Martin cuando se documentaba para el libro: “No los unía ningún vínculo emocional y durante toda su vida vivieron como dos extraños.” De nuevo vemos cómo en el libro hay mucha gente que se siente extraña dentro de su propia familia, que sienten que no encajan y que no les une nada a las personas con las que tienen que convivir. Parece como si una gran mentira y un gran teatro sobrevolara todas las relaciones.

En esta parte del libro también vemos cómo toda la familia de Abraham, sus hijos y sus parejas, pertenecían a la clase media-alta y tenían personal de servicio, criados que realizaban las labores de cuidados. Estas tareas, por tanto, no las hacían las mujeres de la familia. Esto no es un detalle baladí, es un elemento importante que ha caracterizado la psique de muchas personas en nuestra sociedad. El pensar que los cuidados y la limpieza de la casa son tareas menores, subalternas, que no dan estatus ni prestigio y que, por tanto, lo ideal es que sean realizadas por gente “inferior” ya sean esclavos, en otras épocas, o trabajadores domésticos, es un elemento clave de nuestra civilización. Todo el que “se lo puede permitir”, lo primero que hace es pagar a una asistenta para que limpie su casa. Esto es posible porque el dinero que uno gana por hora de trabajo es superior al que paga por la limpieza de su hogar, si no, no saldría a cuenta. Esto es todavía más importante cuando de cuidados infantiles se trata. Desde la mirada de las élites y las clases altas, el cuidado de los hijos ha sido tarea de nodrizas y criadas, como ya vimos en el artículo sobre Simone de Beauvoir y su cuidadora Louise, no de las madres biológicas.

El que la crianza haya sido considerada una carga y un trabajo manual penoso e impuro a evitar en determinados ámbitos sociales dice mucho del mundo que hemos heredado en cuanto a prioridades vitales se refiere, comenzando porque el dinero o el poder como fin en sí mismo ha estado por encima de los vínculos íntimos y las sensaciones/emociones que ellos nos reportan. Pareciera como si esa escala de valores se nos clavara en los huesos, en la piel, en las entrañas y nos dijera: “Tú no eras suficientemente bueno para que yo te cuidara. Yo tenía cosas más importantes que hacer. Tú estás por debajo en mis prioridades”. Esta triste verdad nos bautiza desde el nacimiento en la percepción de nosotros mismos como algo imperfecto, ausente, carente, culpable. No tenemos autoestima ni una imagen de nosotros como alguien de valor, alguien digno de amor y de cariño que merece ser cuidado en primer lugar por nuestra madre y también por personas del entorno íntimo y horizontal en un ambiente de apoyo mutuo y no de intercambio monetario. Y esa carencia, la gran carencia, la volcamos en todo tipo de adicciones sustitutivas: alcohol, drogas evasivas, televisión, fútbol, prensa rosa, Facebook. La volcamos en todos los grandes pecados capitales. Todo esto ya no es patrimonio de las élites y las clases altas ya que gracias al sistema productivo la externalización de los cuidados fuera de la familia es también la norma en la gente corriente.

Alicija, según su prima Irenka, era una niña muy inteligente, rebelde y solitaria, una niña que estaba todo el día leyendo libros y planteando preguntas. No se adaptaba a lo que le había tocado, el judaísmo ortodoxo, y se empeñó en ir a una escuela polaca. No se sentía a gusto en su casa y prefería estar en casa de su tía, judíos liberales o no religiosos. Una vez más, una persona que se sentía extraña en su propia casa. Durante un tiempo, cuando tenía 9 años, se fueron a vivir a Berlín hasta que Hitler llegó al poder, lo que trastocó su vida allí y tuvieron que volver a Polonia.

El desafío que Alicija planteaba a las ideas religiosas judías son válidas también para otras religiones como el catolicismo o el islam (que pertenecen a la misma rama) u otras. Ahora mismo en muchos lugares del mundo hay niños y niñas desafiando con total legitimidad todo lo negativo recibido de las generaciones anteriores. Creo que Martin pasa un poco de puntillas sobre este aspecto ya que a él le educaron en el catolicismo y le pasó lo contrario que a su madre, no pudo tener ningún contacto cultural con el judaísmo que siempre fue mal visto en su casa. Ahora de adulto pareciera como si lo echara de menos y sintiera que tiene que salir a defender esa religión denostada por su madre obviando que seguramente ella tenía argumentos de peso para cuestionar sus fundamentos y rebelarse contra un Dios que se atreve a decirle a un hombre, curiosamente llamado como el abuelo de Alicija, Abraham, que matara a su hijo en sacrificio para demostrarle su sumisión. Todo ello para después decirle: “¡Que no! ¡Que era una broma!”

Hitler y el nazismo: Alice Rostovska

El nazismo perseguía a los judíos y Alicija era, por tanto, una perseguida que además negaba el judaísmo como ideología “opresora, agobiante y misantrópica”. Ser una perseguida por una etiqueta identitaria de la que, además, reniegas y rechazas en tu propia vida tuvo que ser especialmente traumático. Pero durante su infancia, como explica Martin Miller, la opresión subjetiva que ella sentía como verdaderamente real era la del judaísmo familiar, no la opresión externa y social del nazismo.

La persecución más fuerte llegó cuando comenzó la guerra, con la invasión alemana de Polonia. Es en ese momento cuando nace Alice Rostovska, nombre falso que usó para sobrevivir en Varsovia entre 1941 y 1945, un nombre de polaca “no judía”. Alice fue capaz de salvar y esconder a su madre en el campo y a su hermana en un convento católico. Y es también en este momento cuando entra en escena el personaje tenebroso de “el chantajista” y cobra especial relevancia el hecho de que su madre, en lugar de ser un elemento protector o nutricio, constituyera una amenaza y una pesada carga para una casi adolescente como ella: “Asimismo, mi madre acusaba a su madre de haber terminado en manos de un chantajista que amenazaba con entregarlas a los invasores alemanes. Una y otra vez me contaba cómo había tenido que darle sus perlas, la “última joya”, para pagarle. Y que eso había sido culpa de su madre. Más tarde, cuando escribía este libro, me pregunté si eso había sido así. Alice Rostovska era entonces una mujer muy joven y sospecho que el chantajista no estaba sólo interesado en sus joyas y en su dinero.”

Ahí lo deja a nuestra imaginación. No sería extraño que hubiera vivido violencia sexual, como tantas otras mujeres en todas las guerras, pero no lo sabemos y es aventurado especular. En otro momento del libro dice que el hombre que la extorsionó y acosó durante la guerra era de la Gestapo polaca y que se llamaba Andrzej, como su futuro marido.

La inteligencia de Alice Miller fue lo que hizo que ella y su familia lograran salir del gueto de Piotrków y evitaran el destino de los campos. Contactó con la organización clandestina del guetto y consiguió un pasaporte falso. Alice Rostovska se convirtió en un personaje a interpretar para Alicija Englard, una interpretación dramática. Como le contó a su hijo, tuvo que matarse para sobrevivir en Varsovia, autocontrolarse y vivir bajo un estrés extremo de ser descubierta como impostora durante su etapa en Varsovia. Tuvo que autoconstruirse una nueva identidad falsa que negara todo su pasado y, peor aún, sus vínculos, como la relación con su mejor amiga del colegio a la que tuvo que decir que no la conocía de nada cuando se vieron. Todo el mundo era un potencial enemigo que podía denunciarla, lo que supondría su asesinato inmediato. Además, había extorsionadores profesionales sin otra cosa que hacer. Estas vivencias suponen un estrés brutal y constante. Son cortisol en vena. Son la activación de los mecanismos más básicos y primales de la supervivencia humana durante demasiado tiempo. Y tienen unas consecuencias vitales, en ella y en las generaciones siguientes.

Pero aún hay más… Martin Miller no sabía nada más de lo que ocurrió en esa época en su familia pero, al escribir el libro, se ha enfrentado a esa parte de su pasado ancestral y ha recompuesto el puzzle con sus investigaciones. Ahora sabe que sus bisabuelos, Abraham Dov Englard y su esposa, acabaron en un tren hacia el campo de concentración de Trevlinka y murieron allí gaseados. Meylech, el padre de Alice, murió en el gueto de Piotrków por problemas de salud, sin renunciar a su propia identidad, para bien y para mal, lo que también tuvo que suponer un gran impacto en Alicija que, entre el enfrentamiento y la huida, eligió una mezcla de ambos. Es patético que a día de hoy exista todavía gente que niegue la persecución, explotación esclavista y asesinatos de judíos y otros colectivos por parte del nazismo.

Con 21 años, en medio de la única revuelta de organizaciones clandestinas polacas que hubo contra los alemanes, logró escapar junto a su hermana y pasarse al lado ruso, donde trabajó en un hospital militar, conviviendo con los resultados de la violencia bélica y todo lo que nos podamos imaginar que sucede en un hospital de este tipo.

Los lazos de sangre de Alicija Englard

Hubo un momento clave en su vida en el que podía haberse ahorrado todas las penalidades de la guerra y la persecución si hubiese escapado con la familia de sus tíos. Sin embargo, el deber de la tradición y los lazos de sangre suponían seguir la responsabilidad de permanecer con sus padres biológicos y su hermana y salvarlos, a pesar de ser ella misma una adolescente. Antes de suicidarse, renegó de esta decisión y confesó que se arrepentía de haberla tomado, pero desde fuera parece lo más ético y valiente que pudo hacer. Escogió la salida difícil, la que le unía a sus lazos de sangre más íntimos, a pesar de que no les amaba. En teoría, hizo “el bien” pero le hubiese gustado haber hecho “el mal”. Las grandes paradojas de la vida…

Toda su vida vivió con el miedo al nazismo, incluso cuando este ya no era un peligro cotidiano para ella: “Tenía mucho miedo de que me detuvieran en algún momento por haber ocultado mi identidad judía con un nombre falso. Durante décadas tuve miedo de que pudieran venir los nazis y encerrarme en un campo de concentración. Era una idea tan insoportable que decidí traicionar mi propia identidad”.

Alice Miller, la esposa de Andreas (Andrzej) Miller

Martin Miller recuerda los maltratos de su padre, profesor de sociología, como algo impredecible. Recuerda que sus padres siempre estaban discutiendo y tenían una dinámica destructiva entre ellos. Su madre le contó que Andreas (se cambió también el nombre al irse a vivir a Suiza) era muy celoso y también la había perseguido en Polonia hasta “conquistarla”. Ella ganó una beca a Suiza y él hizo lo posible para que se la dieran también, a pesar de ella. Después la mantuvo a su lado a base de chantaje emocional.

El mundillo del psicoanálisis de Suiza fue para ella una liberación y la búsqueda del “cuarto propio” que, como muchas veces sucede, se construye a costa de los cuidados de otra persona que te lo limpie y adecente. Es cierto que en estos casos se libera la mujer del marido, pero ¿qué pasa con el hijo? ¿Se la libera también de él? ¿Por qué le abandona? La sensación de secuestro emocional que vivió con su marido tenía un paralelismo con el secuestro del acosador de la Gestapo. Te protege pero le debes obediencia. Lo que viene a ser la definición del patriarcado legal en los códigos civiles, como bien explican Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en el libro Feminicidio.

Los traumas de la guerra se encarnan en los vínculos. Pero no son los únicos…

Podría hablar de más aspectos del libro pero me parece que lo esencial del mismo es ese descubrimiento una vez más de la divergencia entre la teoría y la práctica, del discurso y la acción*. ¿Cómo una de las personas más lúcidas a la hora de estudiar la infancia y los vínculos con los padres pudo tratar así a sus propios hijos? ¿Para qué sirve tanta lucidez si en lo verdaderamente importante, que no es escribir un libro sino criar a un hijo, no estamos presentes? Martin Miller creo que piensa que fueron los traumas de guerra los que dañaron su relación con su madre. Esto no dudo que sea cierto en gran parte,  pero creo que obvia otra dimensión del problema, los traumas sociales y culturales del entorno. Ya antes de la segunda guerra mundial había libros que promovían la total desconexión del instinto de protección y cuidado de las madres respecto a sus hijos (ver mis artículos sobre Luther Emmett Holt y demás). Las mujeres han tratado bien y mal a sus hijos, incluso han practicado el infanticidio en multitud de ocasiones y en todo tipo de culturas. La ambivalencia maternal humana es normal y es una realidad, pero esa desconexión tan característica que destila el libro de Martin Miller es propia del siglo XX, tiene unos elementos exclusivos del momento que vivieron y todavía muchos de sus pilares siguen en pie en la Europa del siglo XXI.

Martin Miller creo que debería estudiar, además de los acontecimientos históricos que influyeron en su familia, las costumbres de crianza asociadas a los nuevos modos de producción, a la industrialización, el colonialismo, el capitalismo, la biopolítica de esos momentos. Y a la vez, otro elemento nada desdeñable, como es desde el nacimiento del Estado en Mesopotamia y en otras culturas estatales de la esclavitud, la servidumbre, el papel de la prostituta, la nodriza, la criada, el esclavo. Los bebés de las elites del poder y las clases altas han sido criados por las madres de las clases populares. Esto es fundamental y merecería muchos días de reflexión profunda, una reflexión que todavía queda por hacer, ya que no ha sido un tema importante para nadie. No lo fue para Freud, criado por su nodriza Resi Wittek. No lo fue para Marx, al que le cuidaba y cocinaba a él, a su mujer y a sus hijos, su criada-sierva Helene Dumuth, con la que además tuvo un hijo del que se desprendieron. No lo fue para Simone de Beauvoir, criada por Louise y no por su madre. No lo fue para Virginia Woolf, a la que cocinaba y limpiaba su sirvienta Nellie Boxall. No lo fue para Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos nada más nacer en un orfanato estatal. No lo fue para María Montessori, que dejó a su hijo Mario con una nodriza sin nombre a las afueras de Roma. No lo fue para Wilhelm Reich, que tenía otras cosas más importantes que hacer que estar con su hija Eva, criada por su cuidadora Mitzie.

Dice Oliver Schubbe, en el epílogo del libro: “La generación de posguerra vivió las consecuencias psíquicas de la guerra en sus padres y las repercusiones en la sociedad. Los niños experimentaban los sentimientos de los padres, sus señales no verbales a través de la mirada o del contacto físico. Pero los padres no eran capaces de explicar a sus hijos el origen real de estos sentimientos o señales. Y este silencio dejó a los niños solos con sus preguntas: ¿por qué se lo tenían que comer todo? ¿Por qué no podían tirar las cosas? ¿Por qué sus padres no los querían coger en brazos? ¿Por qué sancionaban su rabia infantil? ¿Por qué no podían expresar intensamente sus sentimientos? ¿Por qué sus padres no se tomaban en serio sus preocupaciones infantiles? ¿Por qué nadie los consolaba? ¿Por qué sus padres no respondían a sus necesidades? ¿Por qué sus padres estaban tan descentrados o preocupados? ¿Por qué tenían ellos, ya de niños, que asumir una función o una responsabilidad en la familia? ¿Por qué parecían tan importantes la seguridad, la decoración de la habitación, los juguetes, el dinero de bolsillo, los viajes y todo lo que no habían tenido sus padres?”

Volviendo a estas latitudes y a la época en la que nos ha tocado vivir, quizás va siendo hora de que revisemos el impacto psicológico de la Guerra Civil y el franquismo en nuestras familias a través de las generaciones y también la otra parte, de la que no habla Martin, la cultural. Tenemos que hablar del impacto del éxodo, la diáspora y la aculturación de nuestros abuelos y bisabuelos en el abandono del campo a la ciudad; del impacto de criar en soledad entre cuatro paredes, todo el día un adulto con un niño, sin más vida social ni más apoyo, sin familiares que puedan permitir que las madres se echen una siesta, sin “alomadres”; tenemos que hablar del aislamiento y el agotamiento; del dolor de dejar al bebé en la guardería con cuatro meses; hay que hablar de cómo influye el trabajo asalariado en cómo criamos a nuestros hijos y la alienación que rezuma de todas esas teorías de crianza y todas esas etiquetas grandilocuentes con las que nombramos nuestra forma de relacionarnos con nuestros bebés.

*Actualización 14/05/2017: Matizo, gracias a un comentario de Gulliver en la entrada “Carta a Alice Miller: “feminismo”” en la que me recuerda que entre el nacimiento de Martin y Julika y la elaboración de sus teorías median 20 años. Bueno, fueron menos años, pero aún así es cierto que no fue a la vez. Lo que sí dice Martin es que su madre le pidió perdón e intentó mejorar la relación pero simpre y cuando aceptara tomar el camino que ella le marcaba para su sanación. Si él se negaba ella volvía a sentirse rechazada como madre. Aún así, él recalca en todo el libro que las teorías de su madre son válidas.

Carta a Alice Miller: “Feminismo”

Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

Louise, cuidadora de un bebé llamado Simone (de Beauvoir)

Lazos de sangre

El origen de los estilos de crianza actuales

El origen de los estilos de crianza actuales (2ª parte)

 

Las cigarreras iban al trabajo con sus bebés

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Este libro, “Compañía Arrendataria de Tabacos 1887-1945. Cambio tecnológico y empleo femenino” de Lina Gálvez-Muñoz, contiene información muy valiosa sobre la historia de las madres y la influencia de la mecanización industrial en la vida de las trabajadoras. Por eso, esta noche, tercera noche consecutiva de catarrazo de mi bebé, voy a aprovechar que solamente se duerme en la mochila para escribir. No voy a hacer un resumen del libro (además, no me lo he leído entero) sino que voy a destacar la información que yo iba buscando entre sus páginas y que me ha parecido más valiosa.

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1. El edificio:

La Real Manufactura de Tabacos de Sevilla fue construida en 1728 bajo la dirección de un ingeniero militar, D. Ignacio Sala, para la elaboración manual de cigarros. Me ha llamado muchísimo la atención confirmar una vez más las conexiones entre la fábrica y el ejército en un edificio que hasta disponía de foso defensivo. ¿Para que no huyeran los propios trabajadores o no entrara el enemigo? Según Wikipedia en realidad fue “debido a su construcción extramuros adosado a parte de las murallas de la ciudad por esa zona”, pero en el libro se nos cuenta que además del foso, “mantuvo hasta mediados del siglo XIX un cuerpo de guardia de 20 soldados”. Hay que tener en cuenta que se registraba a todo el personal a la entrada y a la salida, para que no se llevaran tabaco de contrabando. ¡Existía hasta una cárcel propia dentro de la fábrica!

Y nos cuenta Lina Gálvez que dice, a su vez, Bonet Correa: “(…) Sala había diseñado una fábrica a la que le faltaba coherencia y la racionalización que requería un sistema rígido para poder controlar a los obreros y a la producción. Su plano resultaba laberíntico y de difícil vigilancia, por tanto, no es extraño que fuese criticado y a la postre modificado principalmente para poder instalar los nuevos ingenios que se pensaba introducir en la fábrica. Para este autor, al igual que las cárceles en el siglo XVIII las factorías tendieron a crear espacios diáfanos, no sólo capaces de albergar las máquinas sino también para que el patrón o los encargados de la vigilancia pudiesen fácilmente controlar el trabajo“.

2. ¿Por qué se sustituyó a los trabajadores por trabajadoras durante el primer tercio del siglo XIX?

“La razón principal que dio la Hacienda para justificar la contratación de cigarreras fue que las manos de las mujeres eran más apropiadas para la confección del cigarro que las de los hombres que además hacían falta en el campo para levantar el país de la devastación de la guera”. Pero añade más tarde otra hipótesis, “Si esto es así, la Corona pudo haberse decidido por la mano de obra femenina exclusivamente porque presentaba las características que necesitaba: barata y flexible, para un sistema de producción intensivo de trabajo como lo era el de los cigarros y cigarrillos”. Es decir, como la producción era a destajo, manual e intensiva, y a su vez era flexible, las necesidades de la producción iban más acordes con la mano de obra femenina, como veremos después.

Las cigarreras eran mano de obra cualificada que aportaba el salario principal en sus familias (en concreto, en el 50% de los casos a principios del siglo XX) y sus maridos trabajaban también, pero solían tener trabajos temporales. La decisión de cambiar la mano de obra masculina por la femenina, de expulsar a los cigarreros, fue una decisión política de la Hacienda tomada a principios del s. XIX “con la presión contraria de la sociedad y las elites locales”. Pero aún así, siguió habiendo hombres en la fábrica con una clara división sexual del trabajo: mujeres en los talleres de elaboración y hombres en el picado, máquinas y el taller de faenas generales, supervisión, vigilancia y tareas burocráticas.

En otra parte del libro la autora dice algo con lo que no estoy de acuerdo: “las mujeres eran identificadas como trabajadores baratos, flexibles, sumisos y que se adaptaban con mayor facilidad a los trabajos monótonos  tal y como estaban acostumbradas por las tareas domésticas en las que habían sido aleccionadas desde la infancia”. ¿Sumisas? Creo que en este blog ya he hablado bastante de ese aspecto aquí, aquí, aquí   y aquí entre otros posts. Pero es que, además, el propio libro lo contradice con cómo defendían sus intereses estas mujeres dentro de la empresa, por ejemplo contra la introducción de máquinas. Además, las tareas domésticas son igual de monótonas (o de no monótonas) que cualquier otro trabajo fuera de casa, que también tiene sus rutinas.

3. ¿Cómo se organizaba el trabajo?

Las operarias se agrupaban en ranchos, mesas de trabajo que funcionaban como unidades de producción a la hora de entregar el trabajo y ser remunerado, en las que trabajaban de seis a diez mujeres dependiendo de los talleres. En cada rancho había un “ama de rancho” que era la que llevaba las cuentas.

4. Los bebés.

“La costumbre de que las cigarreras fueran acompañadas de sus hijos siguió a lo largo de todo el siglo incluso después de que se prohibiera a partir de 1882, cuando sólo permitieron llevar niños que fueran de pecho”. Había flexibilidad en la asistencia y en la entrada, el empleo era hereditario: se transmitía de madres a hijas, que aprendían el oficio cuando acudían a las fábricas acompañando a las madres para ayudar en el cuidado de los niños de pecho. Esto era muy cómodo para la empresa porque no tenía que pagar por la enseñanza del oficio.

Más tarde explica el sistema en el que el papel de las hijas como “alomadres”, en vocabulario de la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, era fundamental:

“Las cigarreras llevaban a sus hijas pequeñas a las fábricas para que ayudaran en el cuidado de los niños de pecho que, en cunas suministradas por la dirección se encontraban a cientos repartidos por los talleres. Al mismo tiempo, estas niñas aprendían a liar cigarrillos. Este sistema era muy ventajoso para la renta ya que siempre había mano de obra joven, dispuesta y preparada para incorporarse a las fábricas sin tener que invertir en aprendizaje en un trabajo que necesitaba varios años de preparación. Estas cigarreras que entraban en categoría de aprendizas solamente tenían que adquirir velocidad en la labor y ser destinadas al taller para el que presentaban mayor adecuación. (…) Igualmente era más fácil controlar la mano de obra si toda la familia era dependiente de un mismo empleador”.

Lina Gálvez nos cuenta después que cuando se hizo la transición del taller manual al mecánico, el jefe de la fábrica de Sevilla entre 1896-1918 no quería que entraran las hijas porque ya venían con “vicios” cogidos (el vicio de la flexibiliad y no tener disciplina), pero la dirección de la empresa siguió prefiriendo contratar a las hijas de las cigarreras porque era la única forma de que las cigarreras aceptaran sin oponerse con violencia, la compra de maquinaria para los talleres. De hecho, en 1885 casi lincharon al jefe de fábrica por el rumor que existía de que habían llegado a la fábrica máquinas de liar cigarrillos. ¿Habíamos dicho que eran sumisas? Como indica Lina Gálvez, estas mismas cigarreras aceptaron las máquinas cuando fue la única manera de continuar con el trabajo hereditario por sus hijas. La jugada de la empresa fue decir que solamente entrarían aprendizas para ocupar los taller mecánicos, no los manuales, durante el tiempo de transición de un modelo productivo al otro.

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Imagen: grabado de Gustavo Doré sobre las cigarreras en 1862. Las cunas las ponía la empresa y, después, en el siglo XX comenzaron a poner guarderías dentro de la fábrica.

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“Motín de cigarreras en la Fábrica de Sevilla (marzo 1885) , provocado por los rumores de la introducción de máquinas para el liado de cigarrillos de papel -las célebres Bonsack- que amenazaba sus puestos de trabajo”. Tomado de este blog.

Como decíamos, en 1882 se prohibió la entrada de los hijos e hijas mayores y solo dejaron entrar a los lactantes. Así fue la prohibición: “Desde el día de mañana queda terminantemente prohibido el entrar en el establecimiento niños y niñas que no sean de pecho y los que se encuentran en este caso, deberán tenerlos sus madres en los brazos o en cunas a su lado, quedando también prohibidas las niñeras”. De un plumazo, estaban poniendo trabas a la conciliación de las madres, aunque todavía al menos dejaban entrar a los bebés, algo hoy todavía impensable en nuestras oficinas donde ni se pone guardería ni hay un clima que propicie la entrada de los bebés, pero es que yo pienso que nuestra sociedad sufre de bebefobia y eso es harina de otro costal…

Sin embargo, cuenta la autora que sabe por entrevistas que todavía a principos de siglo XX las cigarreras seguían llevando a sus hijas para que cuidaran a los niños lactantes (por cierto, en el libro comenta que seguían dando el pecho “cuando ya andaban”) y aprendieran el trabajo desde los 10-13 años. Es decir, la normativa se incumplió.

Y aquí se responde a uno de mis intereses al comprar y leer este libro: “Con la introducción de las máquinas se prohibió que las madres tuvieran a los niños consigo en los talleres mecánicos; estos se quedaban con las abuelas en los manuales y las madres sólo los tenían para el pecho dos veces al día durante media hora cada vez”. ¡Toma ya! Llegaron los horarios fijos a poner orden en tanta lactancia libre, sin horarios, a voluntad, a deseo mutuo… Es decir, es el mundo laboral y productivo el primero que fijó horarios rígidos a la lactancia. Después el relevo teórico lo tomó la “ciencia” o la pseudociencia, más bien, de la mano de pediatras como Luther Emmet Holt, del que he hablado bastante en este blog. Pero la teoría tenía que apoyar los deseos del Capital mecanizado y adaptarse a él. Que hay que limitar la lactancia, bien, ya nos encargamos nosotros de inventarnos una teoría o doctrina ad hoc. Fue la máquina, fue el capitalismo, pero antes que ellos, fue el Estado. No olvidemos que esta empresa, la mayor de España en número de trabajadoras (30.000) era propiedad del Estado, de la Corona en régimen de monopolio. Fueron los reyes los primeros empresarios del incipiente capitalismo. Esto siempre se les olvida a los que demonizan a “los mercados” y son “anticapitalistas” sin ser “antiestado”, es decir, se le olvida a toda la izquierda.

Con la entrada de las máquinas los niños no podían estar con sus madres pero seguían con las abuelas en los talleres manuales y después a las guarderías que se abrieron durante los años cuarenta. Para la empresa ya no tenía sentido el aprendizaje familiar porque se trataba de trabajos mecánicos. No es lo mismo liar un cigarro manualmente, que casi es un arte, a apretar botones y palancas, creo entender…

5. Eso que ahora se llama “Tribu”…

Las cigarreras tenían “tribu”, pero de la de verdad, no un grupo de padres que se reúne una hora a la semana. La familia extensa vivía cerca, había patios de vecinos y los lazos de solidaridad eran tan fuertes que las cigarreras se hacían cargo de los niños de las madres que se morían.

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Cigarreras sevilladas, dos de ellas junto a sus bebés.

6. Flexibilidad y empleo hereditario de madres a hijas.

Las cigarreras tuvieron siempre dos reivindicaciones: una expresada de forma clara, la de que su trabajo lo heredaran sus hijas, y la otra reivindicada con la práctica y la acción, la flexibilidad. “La responsabilidad doméstica que por su género les imponía la sociedad hacía que tuvieran un compromiso laboral basado en un uso del tiempo flexible que en la fábrica se materializó en la impuntualidad y en las continuas faltas de asistencia”. Yo aquí tengo que decir que no tengo tan claro que eso que denomina responsabilidad doméstica lo imponga la sociedad, es decir, que sea algo meramente social o cultural, si acaso biocultural en lo que respecta al cuidado de los hijos (obviamente no me refiero a la limpieza de la casa). Lo siento si suena políticamente incorrecto pero creo que las madres tenemos una relación diferente con los hijos cuando son pequeños, sobre todo a través de la lactancia. Y también pongo en duda que fuera algo impuesto desde fuera. Es como cuando mi hijo tenía dos meses y había gente que decía que saliera a tomar algo a pasármelo bien. Fui a un concierto y no podía dejar de pensar en él y deseaba volver corriendo para ver si estaba bien. En cualquier caso, estas mujeres no parecían muy apocadas y si hubieran tenido algún problema con ese tema, al igual que por casi linchan al jefe de fábrica, traían el salario principal a casa e imponían un matrilinaje laboral, imagino que sabrían negociar bien sus intereses dentro de la casa. Además, es importante señalar que incluso en sociedades matriarcales o matrilineales como la de las Mosuo hay división sexual sin patriarcado ni machismo, lo que rompe uno de los clásicos argumentos del feminismo actual que los asocia de forma intrínseca.

La autora señala un aspecto importante respecto al trabajo infantil, que siempre se estudia como algo negativo desde nuestra proyección actual y, sin embargo, en esa época era una forma de enseñarles un oficio. Un testimonio del libro en este sentido: “Mi madre que en gloria esté entró a cuidar a un niño chico cuando era una chiquilla y de ahí empezó a hacer pitillos con medio papel hasta que ya lo hizo grande (…)”. El libro explica muy bien que fue cuando la empresa se mecanizó y empezó a exigir que las operarias supieran leer y escribir cuando las madres mandaron a sus hijas a los colegios.

7. Flexibilidad horaria y disciplina fabril:

La autora habla también en el libro de los problemas que tuvieron los empresarios durante la industrialización para que los trabajadores aceptaran los horarios y la disciplina de fábrica. Esto es sumamente interesante, ahora que ya llevamos décadas de sumisión e indefensión aprendida en este sentido, tanto en los colegios como en las oficinas. Por supuesto, sumisión disfrazada en todo lo demás de libertad y, en muchos casos, falso radicalismo, porque los problemas más graves no se enfrentan jamás, siempre se esconde la cabeza cual avestruz.

Uno de los aspectos del libro y que más me ha hecho reflexionar es el tema de la campana (con en los coles, las cárceles, etcétera…) como símbolo del capitalismo industrial. La campana de fábrica es el elemento que subordina el tiempo de las cigarreras a la disciplina industrial. El libro habla del “nuevo orden industrial” en el que se usa el concepto de “el tiempo es dinero”, parecido a nuestra expresión coloquial “mi tiempo es oro”. La cigarrera controlaba su propio tiempo, el trabajo era a destajo y con horarios flexibles hasta que llegaron las máquinas. Después se impuso el pago por jornal.

El horario era flexible en el sentido de que las cigarreras entraban, en teoría, entre la 8-10 de la mañana, pero en la práctica entraban incluso más tarde porque tenían que vestir a los niños, preparar comida, limpiar, etcétera. Los hombres sí cobraban a jornal y no tenían flexibilidad horaria.

La ley de 13 de marzo de 1900 instauró la hora de lactancia (limitando la lactancia libre, con todas las consecuencias bioculturales para la madre y el bebé, recordemos por ejemplo la disminución y duración de la amenorrea de la lactancia y su relación con el trabajo), que podía dividirse en dos medias horas*. Esta ley a las cigarreras solamente les afectó a las que trabajaban ya en los talleres mecánicos como operarias, no en los manuales donde había lactancia sin restricciones. Es curioso que la reivindicación legal de las pausas de lactancia sea en parte una claudicación, una concesión que tiene que ser otorgada desde el poder, en lugar de reivindicar la libertad de la relación simbiótica madre bebé como algo intrínseco a la vida, algo prepolítico, prelaboral y preproductivo. Yo al menos lo veo así. Es importante señalar que aún así antes de que se iniciara la Guerra Civil su convenio (ya para las trabajadoras mecánicas) superaba la ley con 2 horas para la lactancia.

En el tema sindical, el libro deja claro que hasta la primera guerra mundial las cigarreras no tuvieron interés en sindicarse porque las estrategias de los sindicatos no coincidían con sus intereses ni su situación personal dentro de la economía familiar. Entender esto es de suma importancia para los sindicatos del siglo XXI, si quieren comprender por qué hay tan baja sindicación de mujeres. Por cierto, interesante es también la parte del libro en la que explica la profesionalización del sindicato de cigarreras y tabaqueros con la modernización, pero no voy a hablar de ello ahora porque me iría por otros temas. Animo a quien le interese el asunto a leer el libro. Otro dato curioso es el de que cuando se impuso la jornada de 8 horas esto supuso una bajada de la producción y pérdidas salariales, tenían menos horas para ganar lo mismo y a las cigarreras les afectó mucho la pérdida de la flexibilidad.

Lina Galvez aporta el siguiente dato: el porcentaje de cigarreras casadas entre 1887-1945 era del 81% mientras que para el total de la población femenina era del 10%. Ganaban bastante más que las otras obreras, tenían horario flexible y podían “conciliar”, como se dice ahora. Entre las propias cigarreras había diferencias salariales entre manuales y mecánicas pero las diferencias salariales más sangrantes fueron  entre las mecánicas y los mecánicos, que pasaron a ser claves en los talleres y por término medio doblaban en salario al de las mujeres.

Con la mecanización y la disciplina fabril llegan los uniformes. ¡Adiós a la falda de volantes y el mantón de manila! ¡Adiós a los colores! Llega la uniformidad, la homogeneidad, el color fijo, la forma fija. Las trabajadoras forman parte de un ejército. Como dice la autora en un pie de foto de una imagen de 1923: “la introducción de las máquinas y la puesta en marcha de los talleres mecánicos también implicó un cambio en la etética de las cigarreras, al menos, durante las horas de estancia en las fábricas”. Pero no fue lo único que cambió, también se redujo el personal en un 70%, descualificándose laboralmente las que quedaron. Con la mecanización se acabó la herencia madre-hija de los trabajos y el hombre comenzó a ser el cabeza de familia. Sobraba personal y durante los años veinte del siglo XX ya no admitían nuevo personal femenino, era la “nueva política de contratación” de la empresa:

“Hay que tener en cuenta que, desde que ingresaron las aprendizas a principios de la década de los veinte para ocupar los puestos en los talleres mecánicos de cigarrillos no volvieron a entrar operarias hasta finales de los años cincuenta. Fue, por tanto, a principios de la década de los sesenta que se admitieron aprendizas, que sólo podían ser solteras. Durante algunos años aquellas que se casaban tenían que abandonar su puesto de trabajo algo que cambió pronto.”

El tema de las casadas y solteras es muy interesante, ahora que vuelve a estar de rabiosa actualidad con las noticias de que algunas empresas pagan la congelación de óvulos a sus trabajadoras, porque por casadas la empresa entendía “madres” con hijos a cargo. Dice Lina Gálvez:

“El que la flexibilidad laboral que fue conveniente durante la primera fase no lo fuera en esta segunda, cuando las máquinas que llevaban su propio ritmo ya estaban funcionando, queda de manifiesto en una medida tomada unilateralmente  por el jefe de la fábrica de Sevilla: decidió expulsar a toda aprendiza que contrajera matrimonio. La ilegalidad de la medida quedó patente con el cambio de jefe en los años veinte y la nueva adminisión de aprendizas, para los talleres mecánicos de cigarrillos. Ya en la tercera fase, junto con las nuevas aprendizas fueron reingresadas todas las mujeres con capacidad y disponibilidad para trabajar que fueron despedidas entre 1912 y 1915 por haber contraído matrimonio”.

En resumen, entrada de las máquinas, mayor disciplina fabril. Talleres manuales, menor disciplina fabril y mayor flexibilidad. ¿Por qué? Porque la rentabilidad de imponerla estaba relacionada con el aumento del producto por trabajador obtenido con las máquinas. Esto quiere decir que cuando eran poquitas las operarias en los talleres mecánicos respecto a los talleres manuales, no era rentable imponer la inflexibilidad y la disciplina. Sin embargo, cuando se fueron haciendo viejas y jubilándose las abuelas de los talleres manuales y aumentó el número de jóvenes en los talleres de máquinas (y, por tanto, el número de productos producidos por esas máquinas), sí se fue imponiendo esa disciplina fabril porque en ese momento sí salía a cuenta.

¿Tiene todo esto alguna relevancia para el momento actual?

Yo creo que sí. Como sabéis he empezado una serie de programas en mi trabajo en los que me he llevado a mi hijo a las grabaciones. Yo estoy en régimen de teletrabajo, que es un régimen flexible en el que solamente tengo que ir 2 días presenciales con eso que Lina Gálvez llama “disciplina horaria”. El resto de los días no tengo que fichar y trabajo en casa. Esta es una estrategia de empresa basada en que el trabajador se comprometa a realizar determinados objetivos (en mi caso la realización de determinado número de programas). A mí como madre lactante y madre de otro niño ya escolarizado me interesa trabajar así mas que del otro modo (ir los 5 días a la oficina) pero soy consciente de que algo se está moviendo a nivel de estrategia empresarial. Además, me surgen dudas del tipo… ¿Para criar a un bebé no es necesario tener familia extensa y apoyos cerca? Ese punto no lo he resuelto del todo, a pesar de la gran ayuda familiar que tenemos los días que trabajo presencialmente, porque al final estoy casi todo el día sola con él. ¿En el mundo actual se pueden hacer las dos cosas, trabajar y criar, haciéndolas bien o una de las dos siempre va a salir perjudicada (espero que no la crianza, que para mí está por encima de lo demás)? ¿No será que al final no es posible conciliar y la única forma de criar como me gustaría es dejar de trabajar o con permisos de maternidad largos y pagados de mínimo un año? Pero, entonces, ¿no volvería a estar sola con un bebé durante todo el día? ¿No deberíamos trabajar todos a media jornada? Lo que sí tengo claro es que quiero cuidar, que requiere esfuerzo pero lo quiero hacer y necesito estar cerca de mi hijo.

Por otro lado, a pesar de que durante toda la historia de la humanidad las mujeres han tenido hijos y han trabajado, ahora parece que es imposible. Se entiende por conciliar dejar a tu hijo de pocos meses en una guardería en la que no eres bienvenida, con periodos de “adaptación” ridículos en los que se te pide en muchas de ellas que dejes al niño en una especie de “torno” y no mires atrás cuando le escuches llorar, en el que las madres y los padres estorbamos, en las que se nos mandan “deberes” para organizar también nuestro tiempo de ocio con nuestros hijos como si fuéramos inútiles y seres sin creatividad propia… Lo mismo que vuelve a ocurrir con 3 años y comienzan el cole. Eso no es conciliar, eso es aparcar a los hijos para entregarnos a la empresa. Además, las AMPAs de los colegios muchas veces en lugar de ejercer de defensores de los niños se convierten en entes regresivos en los que promover ludotecas los días festivos, es decir, robarles a los niños sus días de vacaciones porque los padres y madres somos unos cobardes incapaces de plantar cara en nuestras empresas y aumentar los días de asuntos propios o los días festivos para acoplarnos a los de nuestros hijos y no al revés. Como siempre, son los más débiles los que pagan nuestra falta de valentía para afrontar los conflictos. Porque aquí hay un conflicto, señores y señoras, un conflicto oculto, invisibilizado. Para visibilizarlo lo único que hay que hacer es llevarnos a nuestros hijos a las empresas, que se sepa que existen, que no nacen y se gestan todavía en vientres artificiales y fruto de bases de esperma y óvulos congelados anónimos y guardados por el Estado. No vienen de París, no nacen en las huertas y los trabajadores no nos generamos por generación espontánea.

Sacar a la política de este tema me parece fundamental. Todo esto son temas prepolíticos, antes de entrar en lo político. Son temas tan básicos y elementales que todas las personas, independientemente de su ideología o credo deberían ponerse de acuerdo o al menos pensar sobre ello. Somos animales humanos, no máquinas, somos vulnerables, nos ponemos enfermos, tenemos discapacidades y capacidades diversas, sangre en las venas. Sin cuidados, no hay vida. Y eso mismo se manifiesta en lo que está ocurriendo en el mundo. No hace falta idealizar el pasado preindustrial (algunos idealizan el pasado paleolítico), porque no era un paraiso ideal, los paraisos solamente existen en los mitos religiosos. Pero lo que diferencia fundamentalmente a nuestra época es que lo que está en juego es la existencia misma de vida en el planeta, no si esa vida y su calidad será buena, mala o regular. No si habrá mortalidad infantil del 50% o del 0%. Es que si seguimos así no habrá animales ni habrá seres humanos, quizás sí bacterias y virus, no lo sé. Se mueren las abejas, se esquilman los océanos, se contaminan las aguas… Y todo por falta de cuidado y de cuidados. El único cuidado permitido es el cuidado a la empresa y el cuidado al Estado. Como ya dije en el post sobre el informe Womenomics de Goldman Sachs la clave también está en el QUÉ estamos tratando de conciliar.

Termino este post en otra noche más de insomnio de la misma forma como lo empecé, otra noche y el mismo bebé en la mochila durmiendo, tosiendo y moqueando. Buenos días.

*ACTUALIZACIÓN: acabo de descubrir el Real Decreto de 1900 y era mucho más flexible de lo que pensaba, incluso más flexible que la legislación actual:

permiso de lactancia

Relacionada:

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

El origen de los estilos de crianza actuales

9788494074141

Estaba releyendo algunas partes del libro de Carolina del Olmo “¿Dónde está mi tribu? y he caído en esta página:

Pg. 150: “Los expertos que mantienen un enfoque centrado en el niño suelen aludir a los datos disponibles sobre las fallas en el desarrollo de los niños que han sufrido una severa privación de afecto. Sin embargo, el modelo de crianza contra el que generalmente se emplean sus argumentos no es el de los orfanatos rumanos sino el que estoy llamando adultocéntrico, que por más que pueda resultar censurable desde ciertos puntos de vista, no supone abandono ni privación extrema de afecto real. Es, simplemente, otro estilo de crianza más desapegado, ampliamente extendido en nuestra sociedad y que incluye, grosso modo, bebés que duermen solos, toman leche de fórmula, pasean en carrito, usan chupete y tienen padres que piensan que no hay que cogerlos mucho porque se acostumbran, que llorar ensancha los pulmones, que a los niños hay que ponerles límites porque si no se te suben a la chepa, que no hay nada mejor para un crío que la rutina y que en la guardería están estupendamente y aprenden un montón de cosas”.

Por otro lado, he leído un texto de la psicóloga Laura Perales difundido hace poco en las redes sociales en el que se refiere a las teorías de no coger en brazos a los bebés o favorecer la independencia de los bebés como “creencias populares”.

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Imagen: Luther E. Holt

La pregunta es… ¿Son realmente determinadas prácticas “otro estilo de crianza más”? ¿Por qué están tan extendidas socialmente? ¿Provienen del pueblo o la tradición?

Creo que la respuesta es un gran “NO”.

La teoría de que no hay que coger demasiado a los bebés porque se acostumbran o que hay que dejarles llorar no es una creencia “popular”. Esto es un mito. En la época moderna (podríamos también remontarnos hasta Licurgo de Esparta y más allá…) fue una teoría de expertos propagada por el establishment pediátrico-capitalista e imperialista porque interesaba a las biopolíticas de ese momento. Las necesidades de los bebés y las madres tenían unas dinámicas internas que eran y son incompatibles con el entorno industrial y, principalmente, la forma de organizar el trabajo.

En este sentido, el pediatra que difundió estas teorías anti-crianza y anti-lactancia fue el pediatra eugenista del entorno de los Rockefeller llamado Luther Emmett Holt que conocí, por cierto, a través del libro de Ashley Montagu sobre el tacto. Podríamos preguntarnos cuántas de las lactancias de nuestras abuelas no fueron boicoteadas por estas recomendaciones médicas, también podríamos pensar en la soledad y la incomprensión entre generaciones, en todos los conflictos de pareja y tensiones que han podido desatar toda esta clase de consejos infundados, pero la realidad es que no se trata de una simple conspiración pediátrica. La teoría médica viene siempre después de los cambios materiales en el entorno, en el ecosistema, para legitimarlos y hacerlos más digeribles, y estos cambios a su vez son fruto de otras teorías o políticas estatales y privadas. Sobre este tema hablé en este post sobre Luther E. Holt y también en este otro, “Colonialismo y lactancia”, en el que podemos leer comentarios y reacciones a la imposición de estas biopolíticas desde lo verdaderamente popular: “Las madres congolesas también se rebelaron contra la costumbre de desatender el llanto de los niños. Algunas decían “no podemos dejar llorar a los bebés como las blancas”.”  En realidad “las blancas” señoras imperialistas habían hecho los mismo antes en Europa con las otras “blancas”, las del pueblo que había que “educar” y enseñar cómo criar. La forma de criar que propagaron las elites no era precisamente adultocéntrica sino “fabricocéntrica” (palabro…). La fábrica y el aumento de la productividad eran y son realmente el centro. El modo de trabajo fabril no está adaptado a la vida, y mucho menos adaptado a la vida de los adultos. ¿O es que, por ejemplo, despertarse a las 6 de la mañana y pasar una hora hasta llegar al trabajo puede considerarse “adultocéntrico”?

Podemos decir algo parecido sobre Nestlé u otras empresas en la propagación del uso de la lactancia artificial a nivel histórico. Primero fue la introducción del trabajo asalariado inflexible y luego después, la empresa que vende la leche artificial. No al revés. Nestlé es la pseudosolución a un pseudoproblema previo biocultural creado desde las elites. El libro de Carolina del Olmo creo que aporta mucha luz en su crítica sobre las teorías y etiquetas de expertos, aboguen estos por la ruptura de los vínculos o por la unión simbiótica madre-bebé, y muestra cómo hay que señalar los problemas sociales que boicotean estas relaciones humanas más allá de lo individual. Pero, a la vez, creo que hace falta dar un paso más y poner nombres y apellidos a las personas y colectivos que difunden estas teorías que después hasta pensamos que son costumbres populares. También hace falta comprender que no son simples directrices sino que hay implicaciones políticas e ideológicas en las mismas que afectan a nuestras vidas, a nuestras biografías y las de nuestras familias. Lo político es personal, es justamente al revés de cómo lo planteó el feminismo en otras décadas.

No se puede tampoco obviar la dimensión social de estas biopolíticas reduciendo las cuestiones a meras decisiones individuales u opciones de crianza. No hay libertad para tomar ciertas decisiones cuando eres una madre sola y aislada entre cuatro paredes, sin apoyo de familia extensa, sin haberte relacionado nunca con un bebé antes, teniendo que reincorporarte al mundo laboral a las 16 semanas y trabajando fuera de casa de sol a sol. Puede que ahora la ciencia te diga que es normal que tu bebé se despierte muchas veces por la noche, pero que sea normal y sano no quiere decir que puedas soportarlo o tu cuerpo pueda fluir con esa dinámica si no puedes echarte una siesta durante el día siguiente, tienes que madrugar o has vivido condicionada por la cultura para dormir de otra forma.

Los paradigmas cambian. Hoy en día, por ejemplo, hay una mujer con un perfil lactivista en la dirección del Club de Roma de EEUU, esa organización creada desde el capitalismo y el Estado para alertarnos de los problemas que el propio capitalismo y Estado han creado (en España, por ejemplo, está dirigido por Isidre Fainé directivo de CaixaBank, Repsol y Telefónica). Se llama Dana Raphael y es la persona que creó el término “doula” en el ámbito de la lactancia y el apoyo postparto. También creó junto con la famosa antropóloga Margaret Mead, el “Human Lactation Center“. Por otro lado, instituciones Rockefeller y Nestlé invierten en investigaciones científicas para estudiar la amenorrea de la lactancia y su relación con la nutrición y el metabolismo materno (por algo al “consenso de Bellagio” sobre el MELA se le llama así…), lo que choca con estrategias biopolíticas previas del siglo XX y choca con el sistema laboral actual.

 

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Tomado de: http://www.people.fas.harvard.edu/~pellison/PDFs/ValeggiaEllison2004.pdf

 

Imagen: Rockefeller Institute for Medical Research

Relacionado:

Fragmentos de “La CIA y la guerra fría cultural” de Frances Stonor Saunders

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ACTUALIZACIÓN 19/07/2016

Hoy he encontrado esta afirmación de Christiane Northup en su libro “Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer”: “Solamente en un patriarcado se nos ocurriría la idea de que coger al niño en brazos cuando llora y consolarlo cuando lo necesita es «malcriarlo». (Un aparte: ¿Por qué los adultos se acuestan con alguien mientras que los niños tienen que dormir solos?)”. De nuevo, se utiliza la palabra “patriarcado” para evitar poner nombres y apellidos a los sistemas. Aunque quizás Christiane Northup tenga razón…

Los cachorros no quieren dormir solos

Tengo muy poquito tiempo para escribir este post porque tengo un bebé de 3 meses que ya está dormido y debería ir con él a descansar todo lo que pueda. Antes de meterme en la cama tengo que contar algo que que me ronda por la cabeza desde hace muchísimo tiempo, desde que vi esta peli con mi hijo mayor hace unos meses. Hay que decir que a él le aburrió bastante pero yo me quedé alucinada con el comienzo. ¡Era tan ilustrativo! Os propongo ver los primeros 4 minutos de la famosa película de Disney “La Dama y el Vagabundo”.

¿Qué ocurre en estas primeras escenas? Pues que una cachorrita no quiere dormir sola, que las expectativas de sus dueños no concuerdan con las expectativas mamíferas de este animalito domesticado y separado de su madre. Ya que no puede dormir con su madre quiere dormir con la pareja humana con la que va a vivir. El hombre dice “estará bien”, la mujer duda, pero al final la dejan encerrada en una habitación. Reina ladra y llora, la mandan callar “¡A dormir! ¡No quiero ningún aullido más!”. ¿Acaso no hay padres y madres que hacen lo mismo con sus cachorros humanos? Es triste pero real como la vida misma. O incluso se emplean métodos “científicos” consistentes en dejarles llorar hasta que se cansen y se duerman como el famoso Estivill-Ferber… (que, por cierto, tiene sus precedentes en el pediatra del Instituto Rockefeller Luther Emmett Holt con su libro de 1894 y otros pediatras y “sabios” anteriores y posteriores, como el Dr. Spock).

En “La Dama y el Vagabundo”, Reina se sale con la suya y consigue llegar a la cama de sus dueños pero los niños reales lo tienen más complicado. He dado una vuelta por Google para ver algunos comentarios de dueños de perros sobre su sueño nocturno y “acostumbrarlos” a dormir solos. Esto es lo que he recogido:

– Hay que ir contra el instinto (animal) o el imperativo moral (la conciencia humana) de socorrer al que necesita ayuda. Ya de paso, te vendo un producto que supuestamente imita a la madre: “La mayoría de los cachorros llorará durante las primeras noches; pero los propietarios, por muy duro que sea, no deben ceder y dejar que el cachorro consiga que ellos se levanten y le protejan. El cachorro debe aprender a quedarse solo para no tener después problemas relacionados con la separación.” http://www.adaptil.com/es/El-cachorro/Los-cachorros-que-lloran-por-la-noche

– Sin empatía: “Para el cachorro va a ser la primera noche que va a pasar sin la compañía de su madre y hermanos de camada. Estará en un lugar al que no está habituado, con olores y sonidos a los que no está acostumbrado. No tendrá el calor de los cuerpos cercanos de los componentes de su anterior familia. Habitualmente, en cuanto se quede sólo, empezará a llorar, intentando llamar la atención de su madre y hermanos. Es su mecanismo de defensa ante la soledad. Es recomendable no ceder a los llantos, por mucha pena que nos puedan dar los lamentos de esa pequeña criatura encantadora que se acaba de unir a nuestra familia, y dejar que el cachorro se termine durmiendo.” http://www.mundoschnauzer.com/es/articulos/la-primera-noche-del-cachorro-en-su-nuevo-hogar/

– Más de lo mismo: “Cuando llore, lo principal es NO subirlo a la cama y NO tomarlo ni hacerle cariño. Si lo haces, se acostumbrará a que cuando llora obtiene lo que quiere y llorará aún más, es decir, todo lo contrario a lo que quieres lograr.” https://www.mascotasonline.cl/noticia-huella/536-como-controlar-el-llanto-de-mi-cachorro-durante-la-noche.html

– El cachorro no se acostumbra, aprende a rendirse ante la adversidad para sobrevivir. Indefensión aprendida: “Si el cachorro llora por la noche, no es positivo acudir a sus llamadas, porque de lo contrario, el cachorro aprenderá a que llorar significa tu atención, y utilizará el lloro siempre que quiera que aparezcas. La etapa crítica de lloros es la primera semana, una vez se supera ésta, el cachorro se habitúa a que llorar no sirve de nada, y por entonces, ya estará adaptado a su hogar.http://comoeducarauncachorro.com/blog/como-educar-a-un-cachorro-a-dormir-por-las-noches.html

– Aquí se habla de objetos sustitutos de la madre. ¡Igual que en los humanos!: “Si llora porque se siente extraño ignórale: ya verás que intentará hacerlo unas cuantas veces más hasta que compruebe que este comportamiento no le da resultado. Algunos trucos, si llora por las noches o cuando se queda solo son: Pon en su camita una botella con agua tibia, envuelta en una toalla. Le recordará al calor de su madre y se tranquilizará.
Ponle cerca un reloj de cuerda cuyo tic tac le evoque el corazón de mamá.” http://www.encantadordeperros.es/trucos/la-educacion-de-nuestro-cachorro.html

– No te sientas mal por hacer algo malo, es por su bien:  “Thanto es un cachorro y podrás acostumbrarlo fácilmente a dormir donde tu desees. Seguramente las primeras noches llorará, pero, tu deberás mantenerte firme y no acudir a su llamada, en un par de días o tres entenderá que ése es el sitio donde debe dormir. Es muy importante que ignores su llanto, en caso contrario nunca aprenderá a comportarse correctamente. Puede parecer duro, pero no debes preocuparte, es lo mejor que puedes hacer por él y se acostumbrará en seguida. No olvidemos que los perros son más felices cuando tienen claro cuál es su sitio en la familia (en su manada), así que con firmeza y mucho cariño podrás conseguir todo lo que te propongas por el bienestar de los dos.” http://mascotas.facilisimo.com/reportajes/adiestramiento/como-acostumbrar-al-perro-a-dormir-solo_836969.html

Pero no todo está perdido en las webs de temática canina… También hay quien tiene un mínimo de empatía, eso tan difícil de encontrar hoy en día, y dice cosas tan sabias como estas:

“Tu perro llora porque es lo único que puede hacer para intentar arreglar su problema. Su problema es enorme, muy grave. A su edad estar solo significa que vas a morir, un cachorro de seis semanas de vida no puede sobrevivir solo, es lo único que sabe.

Además, hasta el momento en que te lo llevaste a tu casa estaba con su madre y sus hermanitos, acompañado y empezando muy poquito a poquito lo que es vivir y lo que es el mundo.

Ahora, de repente se ve solo durante muchas horas en un lugar desconocido.

Imagínate lo que tiene que significar para uno de estos cachorros ser sacado de este mundo tan divertido para mudarse a la casa de sus nuevos dueños. De repente ya no tiene a sus hermanitos para entretenerse, ahora tiene a unos humanos. Lógicamente, como cachorrito que es, al principio está muy desconcertado.

Lo peor que le puede pasar a estas alturas en su vida es quedarse completamente sólo, sin la compañía y el calor de su madre y sus hermanitos.

No está preparado para encontrarse así sin sufrir. Es más, si no cambias ya mismo esta situación posiblemente acabará teniendo pánico a la soledad durante toda su vida. Tienes que entender que tienes que ir acompañándole, enseñándole, para así prepararlo poco a poco para su vida con vosotros. (…)

Yo duermo con mis perros al lado de nuestra cama y no podría dormir sin saber que están ahí, a gustito durmiendo y disfrutando del hecho de tener su gran ídolo durmiendo a sus lados. No me molesta para nada su presencia y sé en todo momento como están. Para mi es un inmenso placer dormir así. Ellos saben que el dormitorio es para dormir, se lo enseñé, y no hacen más que acostarse una vez adentro.” http://www.escuelacaninamaya.com/problemas/cachorro-llora-noche.html

La similitud entre los “métodos” para domesticar el sueño de los niños humanos y el de los animales de compañía es abrumadora. Encontramos los mismos argumentos para hacerlo y los mismos supuestos peligros si no se les deja llorar para ayudarnos a domar nuestras ganas de auxiliarles o para limpiar nuestra conciencia… ¿Qué fue primero? ¿Los métodos para cachorros o para bebés?

Como anécdota final, diré que la película de la que he hablado en este post está recomendada por el propio Estivill en su libro “Niños descansados, niños felices” (está en Google Books). Reina, una perra heroína que se enfrenta a las creencias en las que se sostiene su “método”. ¡Mi heroína! Para que luego critiquen a los personajes femeninos de Disney como demasiado sumisos y demasiado “princesitas”…

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Buenas noches, me voy a dormir junto a mi cachorro humano y sus despertares para mamar y para saber que estoy a su lado. ¡Hasta otro día!

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“Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia…”

Sigo leyendo este libro a ratitos…

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“Duplica los panes que debes dar a tu madre.
Llévala como te ha llevado.
Ha cargado muchas veces contigo,
Y no te ha dejado en el suelo.
Luego que te dio a luz tras tus meses,
Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia
Te ha llevado a la escuela,
Y mientras te enseñaban a escribir,
Ella se sostenía durante tu ausencia, cada día, con el pan y la cerveza de su casa.
Ahora que estás en la flor de la edad, que has tomado mujer y que estás bien establecido en tu casa, dirige los ojos a cómo se te dio a luz, a cómo fuiste amamantado, como a obra de tu madre.
¡Que no tenga que vituperarte,
ni levantar las manos a Dios!
¡Y que Dios no tenga que oír su queja!
(Máximas de Ani. Reino Nuevo).

Poema erótico del Antiguo Egipto

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(…) Estoy contigo

Y mi corazón salta de gozo.

Cuando tú estás (en mi casa),

si no son brazos y caricias,

(¿qué otra cosa puede ser para nosotros ) el placer?

Si deseas acariciar mis piernas y mi seno,

(no) te (rechazaré).

¿Es que te marchas porque te acuerdas de la comida?

¿Es que eres un hombre esclavo del vientre?

¿Quieres irte a causa de tus vestidos?

¡Yo soy la señora de las más ricas telas!

(¿Es que te vas porque tienes sed?)

¡Toma mis pechos!

Desbordará para ti su contenido.

¡Espléndido es el día en que nos abrazamos!

(…)

Hoy he ido a la piscina y entre chapuzón y siestas de unos y otros he leído este poema del Papiro Harris 500 incluido en el epílogo “La Mama Femenina como recurso literario erótico en la poesía amorosa del Antiguo Egipto” del libro “La Lactancia en el Antiguo Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena. ¡Que se hagan a un lado el porno y el posporno y viva el erotismo fresco y exuberante de estos versos chorreantes!

Lactancia en Egipto

“Cuando naciste después de tus meses, ella todavía estaba unida a ti, con su pecho en tu boca durante tres años”.  Enseñanzas de Ani. Egipto, s.XII-XIII a. C., aprox.

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Fuente: Gentes del Valle del Nilo.

Se puede leer todo el texto en inglés aquí, es muy bonito. En él, el escriba Ani, habla de diferentes aspectos de la ética y la moralidad, dirigiéndose no a las elites sino al hombre corriente de la sociedad egipcia. De hecho, cuando habla de la lactancia de tres años, se refiere a la propia madre y no a una nodriza pagada. Nos recuerda como debemos cuidar en la ancianidad a las que nos brindaron todos los cuidados de pequeños.

Me quedo con ganas de leer más sobre este tema en el libro “Lactancia en Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena Gabelas.

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

Hoy voy a hablar de un artículo publicado en American Anthropology en 1981 por Bárbara B. Harrell, en ese momento médico residente del departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Washington. A pesar de que algunas explicaciones sobre fenómenos físicos de la lactancia y la menstruación hayan podido evolucionar en estos treinta años este texto me parece muy interesante para reconciliar lo cultural y lo biológico y entender cómo ha afectado la industrialización a nuestras vidas. Todavía mucho de lo que explica Bárbara B. Harrell no es comprendido ni ha llegado al gran público. También me gusta el tono del artículo: respetuoso y riguroso, sin moralinas, porque no busca convencer sino comprender. La autora simplemente presenta la información y nos muestra cómo eran las cosas en el mundo preindustrial y cómo son ahora, las posibles causas de cómo hemos llegado hasta aquí y algunas reflexiones e interrogantes. Con esa información podemos seguir dándole vueltas, aprender, ver qué camino queremos escoger y cómo los diferentes comportamientos culturales provocan determinados efectos en nuestros cuerpos y nuestras relaciones de lactancia con nuestros bebés.

He intentado dejar claro qué parte es del artículo de Harrell y cuáles son mis aportaciones y reflexiones. En cualquier caso el artículo original se puede leer aquí (hay que subir otro documento a cambio pero es un servicio gratuito): http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

¿Cómo son la lactancia y la menstruación desde una perspectiva cultural? La autora comienza afirmando, como el biólogo Roger Short o más recientemente la antropóloga Beverly Strassmann, que en las sociedades preindustriales la lactancia es prolongada e intensiva, como norma, mientras que la menstruación es poco común. Estos dos hechos están relacionados ya que existen factores culturales que reducen o aumentan la frecuencia en la succión de los bebés, entre otros aspectos, y esto a su vez afecta a la duración de la amenorrea de la lactancia (la ausencia de regla).

Harrell constata que la industrialización ha sido asociada a un declive mundial en la lactancia materna. Antes de seguir hago un inciso, porque yo me enteré de que existía la “amenorrea de la lactancia”, es decir, la falta de regla durante un tiempo de la lactancia, al vivirlo en primera persona con 31-32 años. Nunca antes había oído hablar de ello, lo que también dice mucho del ínfimo papel que tiene la lactancia materna dentro de los conocimientos comunes que tenemos sobre sexualidad humana.

La autora pasa después a invitar a los antropólogos a repensar la condición de la mujer desde un punto de vista fisiológico y simbólico, ya que al vivir en una sociedad (sobre todo en los años 70 y aún hoy) en la que la lactancia materna casi desapareció del mapa muchos estudios de antropología olvidaron y obviaron la lactancia y la consiguiente amenorrea que la acompaña. Es decir, viene a decir que no se puede estudiar una sociedad tradicional desde el ciclo reproductivo moderno, hay que entender el fenómeno desde un punto de vista evolutivo para evitar sesgos. Como hoy en día se amamanta muy poco y se usan anticonceptivos, lo habitual es que las mujeres menstrúen cada mes, pero esto no siempre fue así.

Barbara Harrell hace un repaso sobre lo que se conocía en su época sobre la amenorrea de la lactancia y la ausencia de fertilidad, antes del famoso consenso de Bellagio, apoyado por la Fundación Rockefeller y la OMS (hay información actualizada sobre el método anticonceptivo MELA aquí). Un autor de los años ’60 llamado Christopher Tietze, por ejemplo, estudio la Normandía rural entre 1674-1742 llegando a la conclusión de que el amamantamiento era un anticonceptivo fiable en esa época durante los 10 primeros meses y se dio cuenta de que las mujeres que no amamantaban tenían dos ciclos anovulatorios después antes de volver a quedar embarazadas.

En “Lactancia Prolongada e intervalos entre hijos en Ruanda”, un estudio de Bonte y van Balen, se dieron cuenta de que el 5.4% de las mujeres lactantes se quedaban embarazadas sin menstruar y que las mujeres que amamantaban concebían de media 15 meses después que las que no daban el pecho. En otro estudio de estos mismos autores quisieron comparar las lactancias en la Ruanda urbana y la rural. En el campo se porteaba a los niños a la espalda y se les ofrecía el pecho a demanda. Las mujeres urbanas ofrecían el pecho con horarios. En los resultados se observó una gran diferencia entre la duración de las amenorreas (6.9 las urbanas y 18.6 meses las rurales). Las mujeres de campo concebían 21 meses postparto de media. Entre las no lactantes no había diferencia en si vivían en el campo o la ciudad.

Otro estudio de Boston en los años 60 observó que la amenorrea de las mujeres lactantes fue de media 68 días, solamente 10 días más que las no lactantes. Según los datos de otro investigador, Potter (1965),  en Punjabi había una media de amenorrea postparto de 11 meses. Estimaron que las mujeres Punjabi pasaban el 40% de sus vidas reproductivas en estados amenorreicos (embarazos y lactancias). En Alaska, Berman (1972) constató una media de 10 meses de amenorrea de lactancia de media frente a los 52 días en las que no amamantan. En Guatemala (Delgado, 1979) vieron que la media era de 14 meses de amenorrea de la lactancia.

En EEUU Kippley (1969) hizo un estudio entre las lectoras de su libro “Breastfeeding and natural child spacing” y la media fue de 10 meses de amenorrea, con un rango entre 1 y 30 meses. ¡30 meses son 2 años y medio sin menstruación! La mayor media de amenorrea, 14.6 meses, se consiguió en 29 casos: nada de biberones ni chupetes, nada de sólidos ni líquidos los primeros 5 meses, nada de horarios, con tomas nocturnas y tomas tumbadas o reclinadas. Este estudio demuestra que en mujeres canadienses y estadounidenses bien nutridas también es posible que se produzcan amenorreas de la lactancia prolongadas, al menos bajo algunas circunstancias. Es decir, en el mundo industrializado si se siguen pautas culturales de lactancia preindustriales también se alarga la amenorrea.

El ciclo reproductivo preindustrial

La autora pasa a describir en el siguiente apartado de forma idealizada cómo sería el ciclo reproductivo preindustrial, para después matizarlo y aclarar que había también otros modelos que no se ajustaban a él (célibes voluntarias e involuntarias, las separaciones del compañero sexual…Yo añadiría también a las mujeres que tenían hijos amamantados por nodrizas). Es bastante similar a la realidad que describe Roger Short en el post anterior:

“Una mujer joven se casa un año o dos después de la pubertad y se queda embarazada un año después de la boda. Después de 10 meses lunares de amenorrea del embarazo, da a luz a su primer hijo, que comparte su cama hasta que es destetado. El destete no se completa hasta que el niño puede masticar y es pospuesto probablemente hasta que un segundo embarazo parece obvio. El intervalo de retorno de la menstruación es 13 meses, llegando a 16 meses en muchas sociedades (Tietze 1961). Cuando la ovulación y la menstruación vuelven, el ciclo se repite, generando un intervalo fisiológico de 2 años, 2,5 años”

“Se podría concluir que los meses de menstruación ocupan menos de 1/4 de la vida reproductiva de una mujer”.

Hay tres factores que modifican o matizan la validez del paradigma reproductivo preindustrial: 1) el 50% de las concepciones no resultan en niños vivos y son percibidos como una menstruación retrasada, 2) mortalidad infantil antes del año tiende a reducir la amenorrea, 3) anticoncepción (abstinencia, coitus interruptus, pesarios vaginales…). 

Otros factores interesantes que interactúan con el ciclo reproductivo (de los que también habla Roger Short en su artículo) son el estrés, la malnutrición y el ejercicio físico:

“El ejercicio vigoroso y sostenido puede promocionar la amenorrea, alterando la masa corporal o por otros mecanismos. Es interesante que tanto el estrés y el ejercicio pueden incrementar la prolactina en humanos de ambos sexos. Los dispositivos que ahorran esfuerzos, incluyendo el automovil, pueden reducir el nivel de ejercicio de una población. El grado de fuerza física y estamina que se requiere para las actividades de subsistencia de las mujeres en la mayor parte de sociedades preindustriales podría sorprender al moderno occidental. La inactividad podría ser un factor del declive de la amenorrea de la lactancia observada en las sociedades modernas”.

El periodo de transición y cómo es silenciado en la sociedad industrial

Nunca había oído hablar del concepto antropológico de “transición” en el ámbito de la relación materno-filial, creo que ahora se habla más de “exogestación”, es decir, la gestación que se hace fuera del útero materno. Por ejemplo, se suele decir que el bebé está 9 meses dentro de nuestro vientre y otros tantos meses fuera (o más). Esta idea de la transición fue expuesta por Margaret Mead y Niles Newton por primera vez para describir el periodo en el que los niños son completamente dependientes para su sustento, cuando se sustituye el cordón umbilical por el amamantamiento.

Afirma Harrell: “En las sociedades modernas este periodo de transición está silenciado y puede ser abolido por completo; en las sociedades preindustriales no se puede permitir que ocurra”.

Y aquí es cuando comienza lo interesante de este artículo, ya que comienza a relacionar la silenciación del periodo de transición con la industrialización y la consiguiente reducción del tiempo de amenorrea de la lactancia debida a una menor frecuencia de succión. ¿Y por qué se da este fenómeno? Harrell enumera unos cuantos correlatos culturales en relación al periodo de transición silenciado a los que yo aporto mi interpretación y añado elementos de reflexión basados en mi propia experiencia. Este listado no entra en juicios sobre las diferentes formas de crianza sino que analiza las posibles causas de que el periodo de transición haya sido silenciado con la llegada de la modernidad:

1. El pecho de la mujer es conceptualizado principalmente como algo enfocado hacia los hombres. Se considera que las mujeres no deberían enseñar sus pezones. ¿No nos suena de algo a la censura contra el pezón femenino en facebook?

2. El pecho femenino se ve secundariamente como un órgano que produce leche.

3. Las tomas se ven como deberes que deberían ser espaciados, y se trata de eliminar la toma nocturna lo antes posible. Cuando hay demanda frecuente se cree que es porque se tiene poca leche. Se sustituyen las necesidades de estimulación oral de los bebés por objetos diseñados ad hoc, como los chupetes. Es decir, en la cultura popular industrializada se desconoce totalmente cómo funciona la lactancia materna. Relacionándolo con el tema de la amenorrea y la anovulación, la frecuencia de las succiones y que no pasen demasiadas horas es fundamenteal para mantenerla. Es sencillamente la forma en la que la Naturaleza o la evolución favoreció que las crías humanas sobrevivieran con un intervalo suficiente entre nacimientos. Pero, claro, en el mundo industrializado todo esto deja de tener sentido, de forma aparente, ya que los niños pueden tomar biberón y las madres pueden usar métodos anticonceptivos. Pero no es oro todo lo que reluce… Ni el biberón es igual a la teta para el bebé,  ni el cuerpo femenino ha mutado para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo corrobora el alto índice de casos de cáncer de mama. 

4. El llanto se considera que es algo sano, con ciertos límites. Mi interpretación de lo que dice Harrell aquí es que el llanto del bebé en el mundo industrializado está trivializado, no se entiende que tiene un sentido y se tapa con chupetes, es decir, tetas de látex o silicona fabricadas en serie y en cadenas de montaje. Por no hablar de métodos Ferber o Estivill…

5. Se cree que los adultos necesitan tiempo separados de los niños, tanto con cunas o habitaciones separadas (lo que obliga a que los padres tengan que abandonar la cama para las tomas nocturnas) como en la separación entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños. Tiene más importancia el vínculo matrimonial que el materno-filial.

6. Se considera necesario y deseable organizar las actividades en base a un estímulo externo como un reloj o un calendario. Se hacen las cosas porque “es la hora”. Por ejemplo, la gente normalmente come porque es la hora de comer, no porque tengan hambre. La cultura reconoce los conceptos de “hora de bañarse” o “hora de la siesta” como distintos de suciedad o somnolencia. Similarmente, la gente inspecciona sus relojes para decidir si un niño está llorando y chupando su dedo está preparado para comer.

Además de los elementos culturales, Harrell añade otro listado de objetos o factores que proliferan cuando aumenta el dinero y que se asocian con un periodo de transición silenciado:

1. Todo tipo de gadjets, juguetes, carritos y andadores que distraen y separan al niño del pecho.

2.  El ocio adulto que fomenta la separación madre-niño, lo que puede influir en los niveles de prolactina. 

3. A casas más grandes, se tiende a dormir en habitaciones separadas y a tener mayor acumulación de juguetes infantiles. 

4. El periodo de transición también se ve reducido con el mayor acceso a diferentes tipos de alimentación suplementaria y la leche de vaca, que reducen la frecuencia del amamantamiento y la prolactina.

5. Algunos tipos de ropa impiden el amamantamiento frecuente.

6. Los relojes, la televisión, la iluminación artificial no respetan los ritmos circadianos y los estímulos intrínsecos como el hambre, la saciedad, la fatiga y el comfort.

7.  Algunas prácticas médicas anticuadas pero no obstante “modernas” como el aislamiento de los niños y el uso y abuso de la analgesia obstétrica pueden tener efectos negativos en la interacción madre-niño. 

8. El sistema económico anima la separación madre-hijo desde una edad temprana para que las mujeres trabajen fuera del ámbito doméstico. Incluso cuando las madres no están separadas de sus niños, el periodo de transición puede ser difícil de mantener. 

Después Harrell toca un tema que me toca de cerca ya que habla del colecho y del mantenimiento del contacto físico nocturno, las tomas nocturnas y sus oleadas de prolactina. ¿Por qué nos molestan tanto las tomas nocturnas a las mujeres occidentales incluso aunque durmamos con el bebé al lado? ¿Quizás porque no somos capaces de dormir y dar de mamar a la vez y por eso no descansamos bien? Para muchas mujeres el colecho no ha evitado los despertares nocturnos ni el sueño interrumpido. Muchas añoramos “dormir del tirón”, sin embargo, después de leer un libro de entrevistas a mujeres cazadoras-recolectoras Kung del desierto de Kalahari (Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman), veo que en su cultura los niños maman también con la madre dormida. Entiendo que para intentarlo en nuestra sociedad tendríamos que mantener las precauciones habituales del colecho. Seguiremos investigando…

Cambio socioeconómico y el periodo de transición: el caso taiwanés.

 “Un asunto de particular importancia en el periodo de transición en las sociedades modernas es el del cuidado infantil en el lugar de trabajo. Jimenez y Newton estudiaron 195 sociedades en relación con la reincorporación al trabajo en el postparto; observaron que la mayor parte de las sociedades tradicionales con lactancias prolongadas permiten a las madres quedarse cerca físicamente de sus hijos mientras hacen su carga de trabajo completa”. 

En este apartado de su artículo, Barbara Harrell habla de su experiencia en los años 70 en una ciudad minera del Taiwan rural como madre lactante. Se fijó en varias cosas:

1. Las mujeres lactantes podían amamantar en público en cualquier ocasion. Los hombres ni miraban. 
2.  La experiencia empírica en los pueblos probaba que los niños de pecho estaban más sanos y grandes que los de leche artificial, porque la leche de fórmula se diluía demasiado y no se esterilizaban bien los biberones. La gente del pueblo pensaba que no había que suplementar antes de los 9-12 meses y la comida que se ofrecía eran gachas de arroz. Recuerdo que la recomendación actual de la OMS es de empezar a ofrecer alimentación suplementaria a partir de los 6 meses para evitar anemia en el bebé. 

3. No había horarios para el pecho, se amamantaba a demanda. Se utilizaban algunos chupetes.
4. La tolerancia hacia el llanto de los bebés era variada. Ninguno podía pensar que llorar era bueno para los bebés. Se solía ofrecer el pecho para callar al bebé. A medida que el bebé crecía los oídos de los cuidadores se hacían más sordos al llanto. 
5. Todos los bebés compartían la cama con sus padres por la noche; la gente rural no concebía otra posibilidad. La gente no puede imaginar excluir a los niños de bodas, funerales u otro tipo de actividades de ocio. Los niños eran discretos en esos actos, que no eran solemnes ni silenciosos. 
6.   Los horarios eran muy flexibles para los mineros, los de las fábricas y los colegios sí que funcionaban siguiendo el reloj.

Después, enumera una serie de cambios que comenzaban a darse a raíz de la “modernización”:

1.       Los cochecitos se estaba empezando a notar en el campo, con la pavimentación. Algunos niños de la comunidad eran confinados al carrito casi todo el día.  
2.       No había ningún pasatiempo para las mujeres que dejaban a los niños en casa. 
3.       En las casas se estaba muy apretado, los padres y los niños compartían cama. La abuela tenía su cama, algunas veces compartida con algún niño en proceso de destete. 
4.       La nutrición taiwanesa era adecuada. La gente del pueblo seguía la costumbre de alimentar a la puérpara con pollo, aceite de sésamo y arroz. 
5.       La ropa estaba cambiando desde los tiempos de las abuelas. La mayor parte de las mujeres estaban utilizando sujetadores y vestidos occidentales. A pesar de lapresencia ubicua de las mini faldasque temporada, las mujeres jóvenes seguían prefiriendo la posición en cuclillas durante la mayor parte de las actividades. Como sabemos las mujeres lactantes, del siglo que sea, con un vestido que no sea de lactancia no se puede amamantar porque te tendrías que subir el vestido hasta el pecho. Respecto a las cuclillas es un tema interesante del que Casilda Rodrigáñez habla también en sus libros.
6.       Los relojes y las luces eléctricas estaban presentes pero no eran destacables. Aproximadamente dos tercios de las familias tenían su propia televisión. 
7.       El nacimiento de los niños estaba pasando del pueblo a las clínicas de matronas, aunque algunas mujeres preferían parir en casa atendidas por su suegra. El parto se hacía sin analgesia. La madre y el niño se quedaban en casa un mes después del parto. Se les consideraba contaminados durante ese tiempo. A las mujeres jóvenes les parecía una práctica sofocante. 
8.       Algunas mujeres se estaban dedicando a tejer jerseys para la exportación. 

En base a todo esto la autora hizo una investigación. Quiso probar la hipótesis de que la presencia de la suegra estaba relacionada con el declive de la duración del periodo de transición, porque parecía que las mujeres que vivían con sus suegras ofrecían biberones y destetaban más tempranamente que las mujeres que no vivían con sus suegras. “Era obvio que las mujeres jóvenes que trabajaban en la industria del tricotado tenían suegras que cuidaban de sus hijos, pero como muchas de ellas trabajaban en casa, cerca de sus niños, parecía poco probable que el trabajo en sí interfiriera con el amamantamiento a tal grado”. 

Después de hacer entrevistas vio que la duración de la lactancia materna era de 12-13 meses pero que había decrecido desde la estimación de 2 años de otros estudios nacionales realizados en los años 50 y de 17,7 en el Taiwan rural de los años 60. Se dio cuenta que su hipótesis sobre las suegras no era cierta y que no había correlación alguna entre la presencia de la suegra y duración de la lactancia. Sin embargo, sí la había con el trabajo. Entre los bebés de madres trabajadoras, el 56% había suplementado antes de los 5 meses, comparado con el 24% de los bebés de las madres no trabajadoras. La única correlación que existía con las suegras era que las mujeres que trabajaban en casa necesitaban su ayuda para cuidar a los bebés, pero no eran causa de nada sino una consecuencia más asociada al trabajo monetarizado.

Había 3 razones aportadas por las mujeres para el fin de su lactancia: 1) no tener suficiente leche. 2) que el bebé había aprendido a andar, lo que significaba que era edad de destetar, 3) un nuevo embarazo. Barbara Harrell concluyó que el empleo (se entiende que trabajo remunerado) en el hogar podía asociarse con un periodo de transición reducido y que la explicación más probable era el acceso reducido al amamantamiento, una menor frecuencia de succión y, por tanto, de prolactina.

La autora reflexiona de forma muy acertada: “Todas las mujeres entrevistadas querían amamantar. Según los estándares americanos modernos lo hicieron con éxito, según los estándares preindustriales taiwaneses, no. Este declive empezó en un entorno que apoyaba mucho el amamantamiento, pero es predecible que las actitudes cambiarán para ir acordes con el acceso a la vida moderna”

“Arrastradas por la fiebre del desarrollo tecnológico, las mujeres del Taiwan actual, no pueden distanciarse facilmente de las demandas del progreso para evaluar sus efectos en sus vidas. 
 (…) Tendrán que ser quizás los antropólogos los que tendrán que proveer al mundo con un marco cognitivo de apoyo a la lactancia contra el empuje de la modernización, así permitiendo a las mujeres elegir o rechazar el amamantamiento sobre una base distinta del ratio de fracaso”. 

Las conclusiones de su estudio no son ninguna tontería: el trabajo remunerado está asociado a una menor succión del pecho, incluso aunque se haga en el hogar y el bebé esté cerca cuidado por la abuela. Podemos decir que no tendría que ser necesariamente así, podemos usar sacaleches, podemos intentar trabajar con un portabebé para que el bebé pueda succionar mientras trabajamos, etcétera, pero que es un efecto constatado de la modernidad, es un hecho. ¿Debería respetar el trabajo asalariado que algunas mujeres no queramos renunciar a la succión frecuente por todos los beneficios que conlleva para bebé y madre, incluida la amenorrea de la lactancia? Yo creo que sí. ¿Se soluciona con guarderías en las empresas o con que nos acerquen al niño para mamar? Quizás. ¿Podría hacerse con trabajos que admitieran a nuestros hijos, como en aquel cuadro de Bilbao de “las cigarreras”? A lo mejor. La lactancia materna y la fisiología femenina tiene sus propias lógicas internas que no entienden de ideologías, sistemas económicos, políticos o laborales. Por ejemplo, la leche materna tiene defensas que pasan de la madre al hijo a través del pecho, pero poca gente sabe que la madre produce defensas en referencia al ambiente en el que se encuentra, no defensas para las posibles bacterias y virus de la guardería con los que no ha tenido contacto. De hecho, muchas guarderías no permiten entrar a las madres a las aulas. Todavía nos queda un largo camino de reflexión, pero para que cada cual escoja su camino en el siglo XXI se necesita observar el paisaje a vista de pájaro y reconocer las limitaciones materiales, para luchar contra ellas o adaptarse a las mismas.

Conclusiones

La autora finaliza su artículo con unas conclusiones muy profundas. Constata que en antropología se ha escrito mucho sobre todo tipo de símbolos y ritos menstruales, pero no hay casi nada sobre lactancia. ¿Y cuál es la posible causa? Según ella porque en las sociedades occidentales modernas los ciclos menstruales se repiten a sí mismos “ad infinitum” mientras que la lactancia es algo inusual. Sería una especie de sesgo en la visión de la antropología actual, que no es capaz de abstraerse de la realidad actual del todo.

Mientras Margaret Mead y Newton consideran la lactancia como un periodo de transición para el bebé, la autora se interesa por el fenómeno desde el punto de vista de la mujer en sí misma. La lactancia prolongada se asocia con una ausencia de menstruación prolongada y esto se ve influido por factores culturales que influyen en la frecuencia de amamantamiento. La amenorrea es la norma para las mujeres preindustriales. La menstruación en ese mundo es un estado “liminal” entre dos hijos (un concepto antropológico que se podría traducir por “transitorio”) y poco común. Si no está entre niños está en la pubertad o en la menopausia, cuando se suelen tener ciclos anovulatorios. Ese estado de estar como entre “dos tierras” es, según Harrell, lo que podría relacionarse con las ideas de magia, contaminación o aislamiento que han sido estudiados por la antropología.

 ¿Y qué del ciclo menstrual recurrente actual?
“En la sociedad occidental moderna, funcionamos continuamente en este estado sexual aumentado, este surgimiento cíclico de potentes hormonas femeninas. Pensamos que es nuestro derecho natural de nacimiento, y como mujeres nos ponemos a la defensiva ante la sugestión de que la “naturaleza” pueda afectar nuestro temperamento o juicio. Tendemos a favorecer la aceptación pública de la menstruación como una función normal y natural, aunque lo hacemos con un cierto grado de ambivalencia. Por ejemplo, en “The Curse”, un exhaustivo esfuerzo para desmitificar la menstruación, en última instancia se recomienda ratificar”el más elemental y obvio aspecto de la condición de mujer” a nuestras hijas como “la bendición de Eva”, promoviendo al mismo tiempo y con entusiasmo la extracción menstrual, el “periodo de 60 segundos” (Delaney, Lupton y Toch). (…)”

 La menstruación de 60 segundos de la que habla el libro de “The Curse” es una aspiración del líquido menstrual similar a un aborto temprano y que un grupo feminista difundió en los años setenta.


Pero aquí viene el párrafo más impactante y enigmático de todo el artículo de Barbara B. Harrell con el que me despido: 

“El ciclo reproductivo preindustrial con su periodo de transición intensivo sugiere otra visión, que el ciclo menstrual continuo no es un atributo natural de las hembras humanas. Quizas “la maldición” (“the curse” en inglés quiere decir maldición y es un nombre coloquial de “la regla”) puede ser explicada como un artefacto de la Edad de la Tecnología, algo impuesto a las mujeres por una sociedad de la abundancia que no necesita más niños“.

Recuerdo el acceso al artículo completo en inglés:  http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

ACTUALIZACIÓN: 
Como se aclara en el libro “On fertile ground: a natural history of human reproduction” actualmente hay varias posturas o enfoques que explican la falta de menstruación temporal en las madres lactantes: las que basan la explicación en la frecuencia de las tomas del bebé (John Bongaarts), otra es la de la carga metabólica relativa (la energía que tiene que derivar la madre hacia la lactancia se reduce al introducir alimentación complementaria, por ejemplo) y también hay una investigadora que ha añadido una más, la influencia en la fertilidad de la mujer del nivel de grasa en su cuerpo (Rose Frish)”. Más en: “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)” http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

Marvin Harris, Antropología Cultural

antropología+cultural

Y sigo recopilando información sobre la amenorrea de la lactancia y la fertilidad, esa gran desconocida en nuestra sociedad y en el sector sanitario, aunque bastante conocida en Antropología… Esta vez cito un libro del antropólogo Marvin Harris, “Antropología Cultural”:

“Pg 45: Lactancia

La amenorrea (alteración del ciclo menstrual) es un síntoma típico de la lactancia natural. El efecto está asociado a la producción de prolactina, una hormona que regula la actividad mamaria. La prolactina, a su vez, inhibe la producción de hormonas que regulan el ciclo ovulatorio (Aso y Williams, 1985). Parece ser que existen varios factores bioculturales que controlan la duración de la amenorrea debida a la lactancia. En primer lugar, está el estado de salud de la madre y su dieta. Otros factores se refieren a la intensidad de la succión, que está determinada por la edad a la cual el niño es alimentado con comidas blandas suplementarias, y también es otro factor el número de veces que se le da el pecho al niño. Mientras que aún se discute la relativa importancia de estos factores (Bongaarts, 1980, 1982; Frisen, 1984), queda claro que, bajo condiciones favorables, la lactancia prolongada puede dar como resultado el espaciar los embarazos a intervalos de tres a más años, con un grado de fiabilidad comparable al de los modernos métodos anticonceptivos, mecánicos y químicos (Short, 1984:36). Sin embargo, hay que ser muy prudentes a la hora de sacar conclusiones y pensar que cualquier grupo social es capaz de ajustar su índice de fertilidad hacia arriba o hacia abajo simplemente intensificando y prolongando la lactancia. La lactancia prolongada no puede tener lugar si las madres no están adecuadamente alimentadas. Y lo que es más, debido a que la leche materna es deficiente en hierro, su uso como única fuente de alimento más allá de los seis meses podría ser causa de anemia en el niño.”

Como siempre, dejo información actualizada sobre este tema y sobre el MELA (método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia), publicada por UNICEF.