Tabúes históricos sobre la lactancia materna

“Muchos aspectos de las características del amamantamiento de primates no humanos como de madres humanas de sociedades preindustriales fueron cuestionados; primero a las madres se les dijo que limitaran la cantidad de tomas diarias, después que eliminaran las tomas nocturnas, después que acortaran la duración de las sesiones de amamantamiento, y después que redujeran el número de meses de lactancia, y finalmente que eliminaran la lactancia en su conjunto”. Parenting for Primates de Harriet J Smith.

Desde que el ser humano inventó la escritura y las sociedades jerarquizadas con Estado multitud de expertos y médicos han escrito libros en los que expresaban sus ideas o creencias sobre cómo debían ser alimentados los bebés y cómo debían amamantar las madres y las nodrizas. En general, las mujeres del pueblo debían de hacer poco caso a estas recomendaciones, principalmente porque no todo el mundo leía libros y tenía más fuerza la tradición y la transmisión del conocimiento por vía oral.

La realidad es que tratando estos temas es fácil caer en la tentación de pensar que si tal personaje decía tal cosa lo más seguro es que todo el mundo le obedeciera ciegamente, como si un alienígena encontrara dentro de miles de años un libro de Estivill y extrapolara que esa era la forma universal de tratar a los niños en nuestra cultura.

Sin embargo, vivimos en una época en la que el poder de los expertos es enorme, y esto es así porque somos adoctrinados desde el nacimiento y nos cuesta pensar por nosotros mismos, discernir lo positivo y lo negativo de cada tesis, argumento o estudio. Esto supone un ejercicio de autoconstrucción que no todo el mundo está dispuesto a hacer, más cuándo llevamos años domesticados para ser reconducidos hacia el “buen camino” por premios y castigos otorgados por una autoridad externa. Estamos acostumbrados a recibir y a acatar órdenes, muchas veces sin sentido y con el único fin de aprender a obedecer ciegamente.  Cuando escribo esto recuerdo cómo el otro día nos dijeron en la guardería que los niños tenían que ir vestidos de “rojo” porque era la época de Navidad, otro día, en Haloween tenían que ir de “negro”. ¿Tiene algún sentido? ¿Son fiestas con algún sentido histórico o popular? No, lo importante es pasar por el aro, el mero hecho de conseguir que los padres y los niños hagan algo en lo que no creen o que simplemente ni les va ni les viene, y es que el rojo de la Navidad lo inventó el Papá Noel de la Coca Cola y el Haloween es una fiesta importada que entró en nuestro país a través del ocio nocturno (bares y discotecas) directamente a los coles y guarderías.

No es raro encontrar a personas que dicen que guían su forma de criar según tal o cual libro, tal o cual pediatra, o tal o cual etiqueta de crianza sin fisuras, críticas, ni dudas. También hay personas que necesitan que haya evidencia científica que otorgue legitimidad a experiencias humanas que desean vivir, como si necesitaran el permiso o el aval de la Ciencia para vivir la vida. Este es el verdadero caldo de cultivo de los fundamentalismos. Aún así, si antes las mujeres tenían una sabiduría popular de la crianza (en ocasiones errada y en otras acertada), hoy en día nos llega un aluvión tremendo de información que tenemos que filtrar, comparar, creer o no creer, desconfiar para poder tomar decisiones LIBRES, adaptadas a las circunstancias personales de cada caso.

Desconozco si esta sobreinformación tiene algo que ver con la aparente sumisión o reticencia a tomar las riendas de nuestra propia vida, escuchando a los expertos o a las personas que pueden tener más experiencia que nosotros (o no), pero es llamativo que no soportemos la idea de que en ciertos temas haya controversia, que se necesite flexibilidad y no exista un mensaje unívoco al que agarrarnos como un clavo ardiendo. ¿Acaso tenemos miedo al caos y al vacío?

El tabú del calostro

Michel Odent tiene una hipótesis interesante al respecto, las culturas aisladas como los huichols, los pigmeos y los maoríes son de las pocas en las que la “relación madre-bebé no es perturbada y el consumo de calostro parece hacerse sin restricciones”, a su vez son culturas que tienen un sentido ecológico muy fuerte. Este obstetra establece un paralelismo entre la relación madre-recién nacido y la relación humana con la Madre-Tierra. Desde luego es un punto de partida interesante y sugerente a tener en cuenta.

Creo que tiene mucho sentido, no porque las sociedades calostrales sean menos violentas o agresivas sino porque “domestican” menos la Naturaleza, a otros animales y al propio ser humano. Podría haber una relación entre una mayor separación madre-cría y una mayor domesticación del propio ser humano. Otro tema sería saber si “asalvajarnos” sería positivo o no, quizás nos haría más libres pero también implicaría una serie de renuncias que en el siglo XXI no estamos dispuestos a aceptar. Y no lo aceptamos a pesar de que nos conducimos al abismo, al suicidio como civilización y a la destrucción de nuestro hábitat. No hay más que ver cómo vivimos rodeados de basura y deshechos que ya no sabemos dónde esconder, un regalo envenenado que les dejamos a las próximas generaciones.

Aún así, podemos observar como los chimpancés toman calostro, viven una infancia enmadrada y también desarrollan algunos comportamientos violentos. Es decir, la toma del calostro no tiene por qué convertir a los seres humanos en más santos ni más amorosos con el resto de la humanidad, en ese aspecto. Son solamente hipótesis o preguntas en el aire.

Mujer y niños Kung San

En la sociedad Kung las madres amamantan desde el tercer día y tienen tabú del calostro. ¿Por qué habrán desarrollado esa práctica cultural? No lo sabemos. ¿En qué momento de su evolución pasó el ser humano de comportarse como un mamífero más a ser separado de su madre? Además, sabiendo ahora los beneficios que tiene para el bebé y la madre (segrega oxitocina, contrae el útero, facilita la expulsión de la placenta y evita hemorragias), ¿es quizás una forma de selección social de los más fuertes? A pesar de lo que ahora sabemos sobre el tabú calostro, incluso que aumenta las dificultades de la lactancia,  no deja de sorprenderme que, a pesar de todo esto, las mujeres Kung amamantan después durante años, hasta que se vuelven a quedar embarazadas. Resiliencia lactante en estado puro.

En Occidente, el griego Sorano de Éfeso (actual Turquía), decía que una mujer que acababa de parir estaba fatigada y se tenía que recuperar. Según él, la leche materna de los dos primeros días estaba alterada por los sufrimientos del parto y era mala para el recién nacido. Estos consejos aumentaron la mortalidad infantil y materna, ya que el bebé se perdía los anticuerpos del calostro, hacía que la subida de la leche fuera más difícil por falta de estimulación, aumentaba el riesgo de infecciones por ingurgitación en las madres y podía provocar riesgo de hemorragia (la oxitocina de la succión ayuda a contraer el útero y a expulsar la placenta).

El tabú del calostro llegó hasta el siglo XVII a la pediatría inglesa y francesa (supongo que en España fue igual) vía las fuentes antiguas griegas y romanas. En 1699, Ettmuller, un profesor de Leipzig escribía “Práctica de Física”, donde recomendaba amamantar al bebé para darle el calostro dando un giro a las tesis anticalostrales clásicas.

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William Cadogan

Años más tarde, en 1748, William Cadogan publicaba “Ensayo sobre el cuidado y manejo de los niños”, donde atribuía al calostro propiedades purgativas para eliminar el meconio y de prevención de infecciones gastrointestinales al bebé. También “desaconsejaba el uso de nodrizas y la introducción de cualquier otro alimento antes de los 6 meses de edad”. Pero todo no podía ser tan bonito: prohibía las tomas nocturnas, como veremos después. Desconozco si estas nuevas directrices fueron seguidas por las elites vía nodrizas o por las madres del pueblo. ¿O quizás estas últimas nunca habían hecho mucho caso a Sorano y compañía?

Tabú sexual de la lactancia

En África, en las sociedades cazadoras-recolectoras no existe, hay sexo y lactancia durante el mismo periodo, pero sí en las agricultoras (según el libro “Politics of Breastfeeding”). Esto tiene una lógica explicación para las sociedades sedentarias, ya que suelen suplementar más y antes que las cazadoras-recolectoras (además las madres tienen otro metabolismo energético), inhibiendo el poder anticonceptivo de la lactancia, y por eso tienen que ayudarse del tabú sexual para aumentar el intervalo de nacimientos entre hijos. No pueden fiarse de la amenorrea o anovulación típica del amamantamiento porque tienen más riesgo de embarazos cercanos. Puede ser este el motivo de que existan tabús de contaminación de la leche materna por el semen, por ejemplo.

Sin embargo, en Occidente, se dice que el tabú sexual es una explicación a la práctica de la contratación de nodrizas, para seguir manteniendo relaciones sexuales (y teniendo multitud de hijos) con la madre, con lo cual se acortarían los intervalos de nacimientos en detrimento de la salud maternoinfantil. Sería una posible explicación al típico esquema de contradicciones en cadena problema-solución-nuevos problemas-nuevas soluciones.

En la web de la Asociación Sina podemos leer:

“Cuando tú amamantas, tienes un tiempo muy largo de amenorrea y no te quedas embarazada. En las clases altas interesaba para tener vástagos una numerosa prole. Y la manera de que esto sucediera era que las esposas de clase alta no amamantasen. Se daban los niños a las nodrizas.

Esto supuso un gran control de la natalidad en las clases más bajas y las clases altas podían tener 18-20 hijos aunque de ellos murieran 10, pero al menos aseguraban los herederos”.

Galeno

En Occidente este tabú comenzó en el siglo II a través del griego Galeno de Pérgamo (actual Turquía). Dice el pediatra José María Paricio:

“Es Galeno (s. II d.C.) el primero, pero no el último médico conocido, que proscribe las relaciones sexuales durante la lactancia. La idea extendida era que se corrompía la leche, por lo que se recomendaba una abstinencia absoluta durante el tiempo que durase el amamantamiento. Esta creencia se mantenía vigente en el siglo XVII y, falta de pruebas pero sutilmente modificada, alcanza el siglo XX en los prontuarios cristianos de Medicina Pastoral. (…) A lo anterior se añade el que la duración media recomendada recomendada de la lactancia materna en los (…) escritos de Aristóteles, Sorano o Galeno era de un mínimo de 24 meses”. http://pediatrics.aappublications.org/content/65/2/374.abstract

También de Paricio, sobre las clases populares que NO cumplían el tabú sexual de la lactancia:

“Teniendo en cuenta el efecto anticonceptivo de la lactancia, las clases populares tenían una fecundidad limitada por término medio a un nacimiento bianual, lo que ha podido constituir un efectivo control de natalidad entre las masas campesinas de la Europa preindustrial. Por el contrario, la fecundidad no controlada por lactancia entre las clases acomodadas hace que la descendencia pueda suponer de 15 a 20 hijos, pero a expensas de una terrible mortalidad”.

Tabú de la lactancia nocturna

En Maternalias se incluyen las directrices para las nodrizas de Bernardo Gordonio, profesor de la Escuela de Medicina de Montpellier en el siglo XIII, en las que se incluyen los “clásicos” de no amamantar por la noche, ofrecer tomas fijas y limitadas, no ofrecer la lactancia a voluntad o a demanda, no “acostumbrar” al bebé al contacto físico cercano… (Agradezco a Cira Crespo el envío del enlace de esta cita):

“La xiij. condicion que deve aver el ama es que en el comienço dela noche no de la leche al niño salvo dos o tres vezes en el dia : e no mame mucho en una vegada : porque no sea refenchido mucho el su estomago ui sea sangustiado e nauseado ; e no consienta mamar continuada mente porque sera causa de golosidad e dolor delas fazes, e por ende el ama eche dela leche en la boca del niño alas vegadas.”

El pediatra inglés William Cadogan (1748) también prohibía” las tomas nocturnas porque, según él, hacían obesos a los niños (página 20 de su libro Ensayo sobre el cuidado y manejo de los niños”). Decía que, si no se les “molestaba”, los bebés aprendían a dormir toda la noche desde la primera semana, despertándose una o dos veces si estaban mojados para ser cambiados de ropa. Estas papanatadas eran peligrosas para la lactancia por reducir la estimulación, la producción de leche y el periodo de infertilidad asociado a la lactancia exclusiva, por tanto, muy peligrosas para los bebés. 

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Luther Emmett Holt

A finales del siglo XIX llegó otro pediatra, Luther Emmett Holt (1894), con la brillante idea de suprimir las tomas nocturnas a los 5 meses, ya que a esa edad se suponía que no deberían ser amamantados entre las 22h y las 6 de la mañana. ¿Había que mecerlos? “De ningún modo. Es un hábito fácil de adquirir pero difícil de romper, y es inutil y a veces dañino. Lo mismo debe decirse de succionar un pezón de goma o chupete, y todos los otros artilugios para dormir a los niños”.

Truby King

Truby King

Truby King (1913), Director de “Bienestar” Infantil de Nueva Zelanda, también decía que no había que amamantar por la noche. A pesar de ser pro lactancia materna a su torturadora manera, en el campo de la crianza se dedicó a intentar aplicar los cuidados que se daban a las crías animales domesticadas de granja a la crianza de los niños humanos.

En el post “Colonialismo y lactancia” también se puede ver cómo los colonizadores trataron de eliminar las tomas nocturnas en las mujeres del Congo a comienzos del siglo XX: “No amamantes a tu hijo porque llora: él se silenciará a sí mismo… Por la noche no le amamantes ni un poco: el niño mamará por la tarde y mamará otra vez por la mañana. No le des “malafu” (cerveza) o agua de coco: la leche será suficiente. Antes del séptimo mes, las gachas de harina son malas. No le amamantarás para nada (por la noche) si se duerme en (su propia) cama. Si obtienes leche de vaca o cabra, irás a la farmacia, el médico te dará buen consejo, sabrás qué hacer”.

Tabú de la lactancia a voluntad (o mito de los horarios fijos)

William Cadogan termina con el tabú del calostro pero inicia otro nuevo, el de dar solamente 4 tomas en 24 horas (1748), eso sí, sin límite de tiempo. También decía que los horarios tenían que ser fijos todos los días. El libro de William Cadogan se puede encontrar en Google Books y en la página 25 están sus recomendaciones horarias.

Truby King, por supuesto, también aconsejaba a las mujeres que amamantaran cada cuatro horas en su libro de 1913, “Feeding and Care of Baby”. Con estas rutinas tan espaciadas muchas mujeres no eran capaces de establecer bien la lactancia y mantener su producción de leche. Ahora sabemos que todos estos consejos eran nefastos para las lactancias de las mujeres que los seguían. Afortunadamente, de nuevo, muchas mujeres no les harían ni caso.

Andrés López de la Llave

A pesar de lo obsoleto de recomendar horarios fijos de amamantamiento todavía se siguen escuchando afirmaciones sin fundamento ni sentido de boca de especialistas universitarios, como los del psicólogo y sexólogo Andrés López de la Llave en la radio:

“Esta moda que hay ahora de dar de mamar a los niños cuando les da la gana… son unos irresponsables (los padres). No les enseñan reglas. Dentro de 15 años va a haber un montón de niños imposibles de controlarse, imposibles de responsabilizarse”.

Mito de los 10 minutos en cada pecho

No he encontrado ninguna fuente histórica que recomendara esto. Sin embargo, mi propia abuela me dijo que en los años cincuenta en España ese era el consejo a seguir: cada 3 horas, 10 minutos en cada pecho. Resultado: con el primer hijo la lactancia duró 8 meses, las sucesivas cinco siguientes solamente duraron 2 meses.

Actualizo: una chica en facebook ha compartido esto: “Son las “recomendaciones” que le dieron a su madre cuando ella nació hace treinta años”. Estaríamos hablando de 1985:

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“Durante las primeras 12 horas de vida, ayuno absoluto. Después, si tiene hambre, no tiene “flemas” y la madre aún no tiene leche, puede darle alguna cucharadita de suero glucosado. A las 24 horas de vida, póngale al pecho cada 3 horas, 3 a 5 minutos a cada lado. Si no tiene leche o tiene muy poca, puede seguir el siguiente plan de alimentación artificial”. 

Tabú del cariño y la empatía hacia los bebés, que incluyo porque la lactancia materna es más que leche: 

Luther Emmett Holt decía en 1894:

¿Cuál es el llanto de indulgencia o de hábito?
Eso se escucha a mendudo incluso en muy pequeños bebés, que lloran para ser acunados, para ser llevados, a veces para que se les ponga luz en la habitación, para tomar un biberón, o para continuar con cualquier otra mala costumbre que haya adquirido.
¿Cómo podemos estar seguros de que un niño está llorando para ser consentido?
Si para inmediatamente cuando obtiene lo que quiere, y llora cuando se le quita o se le retiene.
¿Qué debería hacerse si un bebé llora por la noche?
 Hay que levantarse y ver que el niño  está cómodo -la ropa está suave bajo el cuerpo, las manos y los pies están calientes, y el pañal no está mojado o sucio. Si todas estas cuestiones se ajustan correctamente y el niño simplemente está llorando para que le cojan, no se debe interferir más con él. Si el llanto nocturno es habitual debe buscarse alguna otra causa.
¿Cómo se debe manejar a un niño que llora por temperamento, hábito o para que le consientan?
Simplemente se le debería “dejar llorar”. Esto a veces requiere una hora, y en casos extremos, dos o tres horas. Una segunda vez es raro que dure más de diez o quince minutos, y una tercera rara vez será necesaria. Tal disciplina no se debería llevar a cabo a menos que uno esté seguro de la causa del llanto habitual”.

En “Feeding and Care of Baby” publicado en 1913, Truby King defendía el “dejar llorar”, a pesar de ser pro lactancia: “Los métodos de Truby King específicamente enfatizaban la regularidad de la alimentación, el sueño y los movimientos intestinales, dentro de un estricto régimen que supuestamente construía el caracter al evitar abrazos y otras atenciones. Los métodos del Dr. King continuaron su popularidad hasta los años 50″.

Tabú del destete temprano

En Atapuerca, los paleontólogos nos dicen que los niños eran amamantados durante 3-4 años. En las primeras sociedades sedentarias con Estado, ganaderas y agricultoras, como Egipto y Mesopotamia, la lactacia duraba unos 3 años. Por un estudio aragonés (el estudio Calina) sabemos que hoy en día aproximadamente el 20% de las madres amamanta de forma exclusiva hasta los seis meses.

“No esperes demasiado para destetar a tu bebé”, publicidad de Nestlé:

Luther Emmett Holt (1894) decía que había que empezar con el destete a los 9-10 meses (lo que sería tardío según las recomendaciones actuales que dicen que hay que empezar con la AC a los 6 meses, aunque a veces los bebés tienen sus propia opinión) sustituyendo tomas de pecho por el biberón.  Según él, el destete total tenía que terminar a los 12 meses.

Truby King (1913), el experto cuadriculado por antonomasia y su mujer, decían que un verdadero “Bebé Truby King” tenía que ser amamantado de forma exclusiva hasta los 9 meses y después ser destetado lentamente con la introducción de la AC. ¿Hasta cuándo amamantar? No lo he encontrado.

José María González Cano

Este tema está de rabiosa actualidad, gracias al libro “Víctimas de la Lactancia Materna. Sin dogmatismos ni trincheras” del Dr. José María González Cano, que aboga por el destete TOTAL o parcial a los 4 meses para que el niño no tenga tanta “fijación por el pezón” (expresión propia de este doctor) y acepte mejor la alimentación complementaria posteriormente. Algo así como aceptar que es mejor no acostumbrarle demasiado a lo bueno y placentero porque, si lo conoce y se acostumbra a ello, después no querrá saber nada de biberones y papillas, cuando supuestamente sí los necesitaría de forma prioritaria. Como tengo pensado escribir un post íntegro sobre su libro, que compré (a pesar del paternalismo de pretender que la Generalidad lo retirara para que la gente no se contaminara con sus contenidos, vía change.org), no me extiendo más. Pienso rebatir cada uno de sus presupuestos ideológicos (un pequeño anticipo freudiano aquí). En este libro hay mucha ideología y poca ciencia, pero tampoco se necesita citar ni a la OMS ni tropecientos artículos para demostrar nada. No somos nosotras las que tenemos que justificarnos por ser mamíferas ni demostrar que nuestros bebés están sanos. La biología humana no tiene por qué buscar excusas ni padrinos científicos, nos avalan millones de años de (pre)Historia.

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“Maternalias” de Cira Crespo. De la historia de la maternidad.

Hace tiempo que me leí este libro de Cira Crespo pero hasta ahora no había encontrado el momento para escribir mis reflexiones sobre el mismo:

Lo primero que me gustaría decir es que se lee muy bien, es fácil seguir el hilo conductor que marca la autora y engancha rápido. Esto es un punto positivo porque divulga conocimientos históricos que en otros libros históricos sobre estos temas son mucho más difíciles de leer, sobre todo si se es madre y se lee “a ratitos”. Un buen libro para seguir profundizando es el que me recomendó Cira después: La infancia a la sombra de las catedrales.

Como a muchas de nosotras el encuentro personal la autora con su propia maternidad disparó nuevas direcciones a su vida, renovó sus inquietudes y muestra cómo esta etapa de nuestra vida puede ser profundamente fértil en todos los sentidos.

El libro comienza explicando el origen del concepto mismo de maternidad y toca el punto clave de la crianza y el que más de cabeza nos trae a todos los padres que criamos en la sociedad actual: “la nueva sociedad que prefiguraba la economía capitalista empezaba a enfatizar valores, como el individualismo, que chocaban frontalmente con otros que requerían la crianza: colectividad, colaboración, ayuda mutua y experiencia”.

Y esa es una de las grandes virtudes del libro: pone en contexto la crianza con el sistema político y económico en el que se vive en cada época. Yo al tema de las “dos esferas” del mundo capitalista (la mujer en casa y el hombre en la fábrica) añadiría algo más. No sólo fue el capitalismo el que trajo este nuevo sistema destruyendo el mundo rural tradicional sino que fue el Estado el que tomó la iniciativa forzando y promoviendo el éxodo rural a las ciudades. Es interesante recordar que las mujeres siempre habíamos trabajado junto a los hombres en el mundo pre-industrial pero es el binomio capitalismo-estado el que nos segrega, divide y, añadiría yo, enfrenta.

El embarazo.

Sobre el capítulo del embarazo me ha parecido muy interesante cómo rescata y relaciona con precaución y un “tal vez” la figura de María con el culto a la maternidad.  Las vírgenes embarazadas fueron muy populares, sin embargo, después del Concilio de Trento fueron desapareciendo. El embarazo representado de forma visual siguió oculto hasta prácticamente el siglo XX.

El parto.

De este capítulo me quedo con la traducción de la Biblia de Erri de Luca y su “parirás con esfuerzo” en lugar del famoso “dolor”. Esto me llega profundamente ya que de mi parto (sin epidural) no recuerdo el dolor sino el cansancio. ¿Y qué decir del esfuerzo? Pues que hay que reivindicarlo. La vida no es para sufrir pero todo lo bueno requiere un esfuerzo, huir es siempre una batalla perdida. Quizás se pueda esquivar el esfuerzo en algún momento, pero volverá con otras mil caras a buscarte. La única salida es afrontarlo de frente y a por todas. No sé, es mi forma de vivir y de ver las cosas, aunque muchas veces sea la más perezosa y vaga del mundo. Esto lo tengo claro.

Cuando la autora nos cuenta cuál era la situación de la parturienta en la patriarcal Roma no se puede evitar pensar en situaciones como las de Afganistán en el siglo XXI. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme: ¿Por qué la legalidad romana tenía esa obsesión por asegurarse de que los hijos pertenecieran al padre? ¿Era por garantizar que realmente seguían el linaje de la sangre? ¿O había algo más?

De nuevo se vuelve a ver el empeoramiento de la situación de la mujer con la creación del estado-nación burocratizado: las comadronas debían ser examinadas ante un tribunal masculino universitario. Daba igual que su conocimiento práctico fuera muy superior al de los médicos. El parto sale de la casa y se institucionaliza en los hospitales, con sus forceps y sus cesáreas.

No puedo estar de acuerdo con Cira en que “las madres, y en general las mujeres, fuimos arrimadas a un lado, apeadas en el andén de la modernidad”, más bien fuimos víctimas y a la vez responsables del proceso, ya que las mujeres también son parte activa del mantenimiento del patriarcado: criamos a los hombres y, además, tenemos capacidad para cambiar o no las cosas, no somos solamente víctimas.

El alimento.

Muy interesante es todo el concepto de “Ostentatio Mammarum” (Ostentación del seno) que he conocido gracias a este libro. Parece ser que a lo largo de la historia, incluso en otras culturas, en los momentos difíciles había madres que enseñaban los pechos a sus hijos para hacerles recapacitar. Algo así como “estos son los pechos con los que te has alimentado, hijo mío”. ¡Qué diferencia del desprestigio actual del pecho femenino! Ahora solamente es visto como objeto cuyo erotismo es medido en tamaño, ni siquiera en belleza. La publicidad nos bombardea desde pequeñas para que nos pongamos wonder-bras o nos operemos, sin ni siquiera plantearnos que quizás más adelante en nuestra vida, nuestros pechos normales y bellos, quizás sirvan para producir el alimento de nuestros hijos y que lo demás nos parecerá secundario.

En esta parte del libro se habla de un tema que me apasiona desde que soy madre lactante: las nodrizas. En el texto que ha encontrado Cira de 1495 sobre las características de estas, hay varias que me han llamado la atención: “hay que enseñarle las costumbres del niño, hacer lo posible para que no llore”, lo que me indica que Estivill tenía poco que hacer en la Edad Media. Pero también hay otra un poco más rara “no se debe dar el pecho al niño continuamente, sobre todo por la noche”. ¿Y qué se supone que tenía que hacer si lloraba entonces? ¿Existían los chupetes? Gracias al libro me he enterado de que la lactancia en esa época duraba 2 años o 2 años y medio. ¡Para que ahora nos digan que hacemos lactancias “prolongadas”!

Sobre el papel paterno en la crianza rescato este texto: “si nos fijamos en algunas miniaturas medievales, los padres trabajan, es cierto, pero las madres también. Y las madres cuidan de sus hijos, cómo no, pero los padres también”. Es decir, todo lo que ahora nos venden como de familias “modernas” que reparten las tareas entre hombres y mujeres ya existía en la época pre-capitalista industrial. Los prejuicios sobre el mundo rural tradicional se van derrumbando… ¡Ya era hora!

Acarrear a los niños

Aquí conocemos la historia del carrito moderno pero también del porteo tradicional. Para mi gusto, un poquito escaso este capítulo. Me hubiese gustado que lo hubiera desarrollado más y conocer si hubo porteo o no en Occidente más allá de las cestas para llevar bebés que he visto en alguna ocasión. Y ya si nos ponemos, si fue ergonómico o no, jejeje… Hace poco leí que el porteo del altiplano boliviano puede favorecer la displasia de cadera, ya que los bebés ni van con la espalda en C, ni en postura ranita, ni con las rodillas por encima del culete. Van envueltos y después son cargados a la espalda.

Higiene infantil

Me gusta como la autora rompe con los estereotipos que tenemos del mundo medieval que nos han llegado a través del filtro de los ilustrados. ¡En esa época se bañaban mucho! Y a los bebés dos o tres veces al día. Es llamativo como tantos autores “higienistas”, hombres “expertos” sobre todo, culpabilizaban a las madres y sabían mejor que éstas cómo tenían que criar a sus hijos. ¿Nos suena de algo?

Mención aparte, dada la temática de mi blog, merece la sección destinada al pañal desechable. Y es interesante el contraste que presenta la autora entre la vida pre-industrial rural con sus niños desnudos sin pañales, a la vida urbana, con el consiguiente uso de pañales.

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿iban también los bebés desnudos o sin pantalones en el frío invierno? ¿Utilizaban pantalones con agujero como los Kaidangku chinos? ¿Se les ponía a hacer pis y caca desde los pocos meses, como se hace en China, India o muchos lugares de África? Según el libro de Laurie Boucke “Infant potty training” entre los siglos VII y XVII los bebés solían ir enfajados o envueltos la mayor parte del día. Durante esos siglos no hay referencias sobre el aprendizaje de control de esfínteres y no hay mucha información al respecto. Dentro del libro que estoy terminando de escribir habrá un breve capítulo relativo a este tema y, por supuesto, la información que aporta Cira es parte de la documentación que he utilizado y que citaré allí. Más información próximamente…

Sueño

En esta época de tanto colecho y no colecho me ha llamado la atención ver tantas cunas en las miniaturas de la Edad Media. ¿Pero no era algo tan tradicional lo del colecho? Ahora va a resultar que lo de toda la vida es la cuna, jajaja. Eso sí, en la misma habitación que los padres, e incluso encima de la propia cama (¡¡¡). Cuando la autora afirma que en la primera etapa cristiana (pg.107) “el recién nacido compartió lecho con los dos progenitores” me pregunto en qué se basa para decir esto. ¿Hay imágenes o cuadros? Me pica mucho la curiosidad en este asunto, la verdad.

Palabras

“Ahora parece que lo hemos olvidado, pero antes la música era un acompañamiento cotidiano”. Esa frase y lo que viene después me recuerda tanto a lo que dice Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en sus charlas y libros. Aprovecho para recomendarle a Cira y a los lectores del blog los libros de estos autores sobre el mundo rural y el de “Feminicidio o auto-construcción de la mujer”.

Me encanta como recoge y habla de la cuna más antigua documentada: “Es emocionante recitar estas palabras y de golpe sin persanrlo trasladarte a una habitación donde una madre romana canta a su hijo pequeño una canción”

Duelo

No se olvida Cira de la muerte y de cómo se lloraba y se sufría por los niños muertos, en base a los epitafios funerarios. Leyendo tanto las nanas como los textos dedicados a la vida que ha ido nos damos cuenta de que los sentimientos son los mismos ahora y hace miles de años. Lo único que cambia es el contexto, pero el dolor o el amor es igual de inmenso.

Lo que más me ha gustado del libro: está escrito desde el corazón y desde la experiencia propia de ser madre, y eso se nota. No es un libro de fría historia, sino escrito con sentimientos, opiniones y la propia visión de la autora. Y lo más honrado es no esconderlo. Me siento identificada con ese ansia de saber y de creatividad que brota en las madres. Lejos de apocarnos o recluirnos, a muchas mujeres la maternidad nos impulsa a desarrollarnos e intentar superarnos como personas. Este libro es una muestra de ello.

Lo que menos: Mi afán curioso y detectivesco echa de menos algunas referencias bibliográficas concretas para saber de dónde proviene esta u otra afirmación y diferenciarla de suposiciones personales. Supongo que ha primado el afán divulgador, pero es sólo una sugerencia, una crítica constructiva.

Podéis encontrar el libro de Cira Crespo en La Casita de Algodonales.
Y este es el blog de Cira: Maternalias.