Duelo eterno

En la vulnerabilidad

se reabre la herida.

Eres la cicatriz que nunca desaparece.

Eres el duelo que nunca termina.

Nuestro cordón umbilical

lleva la marca del verdadero pecado original,

que no es otro que la orfandad.

Nuestro linaje

se alimentó de la fruta del córtex

y engordó a base de lujuria monetaria

mientras nos abandonaba a la intemperie

de los cestos sobre el río,

los botes de leche condensada

o entre los muros de un piso del extraradio.

Allí se quedó llorando nuestro amor,

bajo la única supervisión de un aparato de televisión

y con la única compañía de un llavero escondido en la mochila.