El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

cigarreras

Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…

Reflexiones a una semana de reincorporarme al mundo laboral asalariado.

Desde el Poder, en todas las épocas, se ha decidido si se desea fomentar la natalidad o reducirla, si las mujeres debemos ir a la fábrica o quedarnos en casa, si debemos tener muchos hijos, pocos o ninguno. Y el Poder ha intentado manipular nuestra vida de muchas formas: premios, castigos, subvenciones, impuestos, desgravaciones fiscales…

Premio Nacional de Natalidad de 1969 a la familia Ojeda Artiles

Hoy en día, existe una ayuda estatal para la madre asalariada que consiste en una desgravación de 100 euros al mes. Por otro lado, el cheque guardería para el curso 2013-1014 será de 100-160 euros mensuales según los ingresos.

Sin embargo, no hay ninguna ayuda para las madres o los padres que quieren tomarse una excedencia. ¿Por qué el Estado subvenciona la reincorporación al trabajo asalariado y no otorga la misma cantidad si decides cuidar de tu hijo tú misma? ¿Por qué no se abonan esos 200 euros directamente a las madres y padres para que ellos decidan cómo lo quieren gastar, si en una guardería, con los abuelos, un canguro o en casa?

Y mientras reflexionaba sobre este tema, me he topado con varias noticias sobre la subida de tasas de las guarderías que me han dejado bastante sorprendida:

“Desde la Junta de portavoces de la Plataforma Educación Infantil Pública, Carmen Ferrero, su presidenta, está muy preocupada por la subida (de entre 30 y 90 euros por niño): “Es gravísimo, muchas parejas van a tener que sacar a sus hijos de la pública. La Comunidad pretende que la mujer se quede de nuevo en casa, como antaño”.”

Carmen Ferrero piensa como yo, que el poder político influye en las decisiones personales. Sin embargo, yo discrepo en algo. Los niños no necesitan ir a la guardería, lo necesitan, si acaso, sus padres y sus circunstancias económicas. Y el hecho de no poder llevar a la guardería a tu hijo no es gravísimo, de hecho, lo mismo hasta es más feliz.

Lo que sí es grave es que en este sistema no haya opciones ni libertad y sean necesarios dos sueldos para llegar a fin de mes. Hasta ahora, al sistema le convenía que las madres siguiéramos dentro del mundo asalariado produciendo, consumiendo y endeudándonos junto a nuestros compañeros. Con la crisis esto ha cambiado y no es que favorezcan que las madres se queden “en casa, como antaño”, sino que retiran parte del apoyo económico a las guarderías, muchas de ellas concertadas, y fomentan un poquito menos que las madres nos reincorporemos cuanto antes a trabajar para otros.

La representante de Educación de CCOO, Isabel Galvín, ha afirmado que la CAM “desatiende a la infancia” y que se puede hablar incluso de una “generación perdida” porque los niños que se quedan sin educación infantil llegarán a primaria “en peores condiciones que sus compañeros”. 

Estas declaraciones todavía sorprenden más. ¿Se basa en algún estrafalario estudio científico o en pura inspiración divina? Dios mío, ¡alguien debe salvar a los pequeños que no han tenido la suerte de ir a la guardería! Bromas aparte, los niños que no van a la guardería no son una generación perdida ni llegarán a primaria en peores condiciones. Es más, aunque yo soy más bien partidaria de la desescolarización, se podría decir que en Finlandia a los 4 o 5 años menos de la mitad de los niños van a la guardería y ese país siempre está en los primeros puestos del informe PISA.

Lo de “generación perdida” es directamente un insulto a la inteligencia y al sentido común. ¿Han tenido que llegar las guarderías para salvar a los niños de sus propios padres y familiares? ¡Qué pena! El sentido común, nuestro corazón y nuestro instinto nos llevan a desear estar con nuestros bebés y cuidarlos. Lamentablemente, solo unos buenos ahorros o el salario de nuestro compañero nos permite independizarnos del mundo asalariado para poder criar a nuestras crías.

Cuando habla de “peores condiciones”, ¿a qué se refiere? Más bien es al contrario. Según el investigador Jay Belsky: “cuanto más tiempo pasan en guarderías, los niños son más agresivos y más desobedientes”. No es que la desobediencia me parezca mala, de hecho, la desobediencia contra la injusticia es el motor del cambio hacia un mundo mejor, pero sí es preocupante el aumento de la agresividad. Bueno, dado que estamos en un sistema de “sálvese quien pueda”, insolidario y competitivo, al final voy a tener que darle la razón a la señora Galvín. Efectivamente, la guardería prepara a los niños para lo que vendrá después (el cole) y para lo siguiente (el mundo asalariado), con sus horarios estrictos, su directividad, falta de imaginación, competitividad… Y dentro de ese contexto, la agresividad es un valor en alza, desde luego.

En todas estas entrevistas hablan los adultos porque los bebés mamíferos todavía no han aprendido a hablar y a dar entrevistas. A nadie parece importarles sus necesidades de amor, cariño y contacto físico, tan importantes como la alimentación o el sueño. Y de salud, ya que los niños que van a la guardería tienen el doble o triple riesgo de contraer enfermedades.

Eulàlia Torras de Beà, psiquiatra y psicoanalista, también lo tiene claro. ¿Qué necesita un bebé? : la cercanía cálida, constante y segura de sus amorosos padres.

Vuelvo al título del post. En una semana me reincorporo a tiempo parcial a mi anterior trabajo después de casi dos años. Mi hijo cumplirá los 17 meses siendo cuidado por su madre, su padre y sus abuelos. Si no tuviera la ayuda de mi suegra tendría que recurrir a una guardería, a una madre de día o replantearnos en casa la reincorporación y hacer cuentas. Si tuviera que llevarle a la guardería porque no me queda otra opción no me sentiría culpable, habría hecho lo que tenía que hacer. Pero en ningún caso me engañaría a mí misma pensando que está en el mejor de los lugares y que lo hago por él.

No creo que estemos haciendo las cosas bien. No creo en este Sistema.  Ya lo sabía antes de ser madre, pero tener un hijo me ha abierto los ojos a otras realidades que jamás me había cuestionado. El mundo mejor que muchos soñamos se construye desde la base, desde lo simple, desde el respeto a las necesidades de los bebés (las mismas desde hace miles de años), desde la empatía y desde el amor.

¿Qué se puede esperar de una organización social que no permite a los padres cuidar de sus hijos más allá de los 4 meses? Peor aún, ¿qué se puede esperar cuando los propios padres no son conscientes de su falta de libertad ni de la de sus hijos? Y mucho peor aún, ¿qué se puede esperar cuando en lugar de rebelarnos contra lo establecido nos lanzamos al autoengaño para no sufrir?

Yo no tengo clara cuál es la solución a estos dilemas. No creo que el Estado deba intervenir en la vida personal, pero no veo otra posibilidad más que alargar los permisos maternales y paternales. Esa petición tiene que partir de abajo hacia arriba, del pueblo, no de estrategas, políticos o demógrafos. Pero, primero, tenemos que enfadarnos y sentir la rabia creativa que permite que las cosas cambien.